El peligro del «nosotros» en el taller

Hay un momento en la vida de cualquier comunidad de práctica que parece un logro y es, en realidad, una señal de alarma.

Es el momento en que el grupo se reconoce a sí mismo. En que habla un lenguaje propio, tiene referencias compartidas, sabe cómo trabaja cada cual. La primera vez que, con genuino alivio, se siente que esto es un nosotros.

Y es exactamente ahí donde puede empezar el problema.

Cuando la cohesión se vuelve fortaleza

La confianza dentro de un grupo no es un bien neutro. Si no se gestiona, tiende a cerrarse sobre sí misma. El grupo que se reconoce empieza a reconocerse frente a algo: frente al exterior, frente a los que no están, frente a las preguntas que no encajan con lo que ya saben hacer.

Este es el paisaje del exceso de cohesión: una comunidad que ha dejado de ser porosa. Que ya no necesita traducir sus códigos para nadie porque solo habla con quienes ya los comparten. Que percibe la diversidad no como fuente de fricción productiva, sino como amenaza a lo que costó tanto construir.

En la edición de arte esto tiene un nombre: autorreferencia. El taller que solo se cita a sí mismo, que evalúa el trabajo nuevo con los criterios del trabajo anterior. Una comunidad que ha dejado de tener preguntas genuinas porque ya sabe de antemano cuáles son las respuestas correctas.

Turistas intelectuales

El antídoto no es destruir la cohesión. Es perforarla de forma controlada.

La estrategia más eficaz: invitar turistas intelectuales. Personas que vienen de otros campos, con otras preguntas, que no han internalizado los dogmas del oficio y que por eso pueden verlos desde fuera. No para que validen lo que el taller hace, sino para que lo fuercen a traducirse. A explicarse en un lenguaje que no da nada por supuesto.

En la residencia de Jaén, este papel lo cumplieron Jordi Claramonte y Pedro Hurtado: sus presencias desestabilizaron productivamente al grupo, abrieron ventanas a marcos conceptuales que el taller no tenía, y obligaron a los participantes a articular en voz alta lo que hasta entonces habían dado por implícito.

La segunda estrategia: rotar roles. Pedir a quienes suelen liderar que den un paso atrás, y a quienes suelen estar en los márgenes que asuman responsabilidades que no habían ejercido. Este gesto oxigena las dinámicas viciadas y revela qué parte del repertorio colectivo depende de una sola persona.

Una red vibrante y porosa no es aquella donde todos se parecen. Es aquella donde las diferencias generan movimiento en lugar de parálisis.

El paisaje como criterio

Lo que guía estas intervenciones no es un protocolo fijo. Es la lectura del paisaje: percibir cuándo la cohesión está fertilizando el trabajo y cuándo está empezando a calcificarlo. Cuándo el grupo necesita más profundidad en lo propio y cuándo necesita más apertura hacia lo ajeno.

Esa lectura no se hace una vez. Se hace continuamente, con la atención del jardinero que observa el mismo suelo cada día y nota los cambios.

Para reflexionar: ¿Cuándo fue la última vez que alguien completamente externo a tu comunidad observó tu trabajo y te hizo una pregunta que no sabías responder? ¿Qué reveló esa pregunta?

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