El esparto como materia papelera: fibra, territorio e historia

La fibra que sostuvo una industria y lleva décadas esperando en el campo

Durante siglos, los molinos papeleros españoles trabajaron con trapo: lino, cáñamo, algodón reciclado. Era la materia prima de los molinos medievales y modernos, la base del papel de tina que circuló por Europa desde Játiva en adelante. Cuando la demanda industrial del siglo XIX superó la capacidad del trapo disponible, la industria papelera española buscó una alternativa que tenía delante desde siempre: el esparto.

Macrochloa tenacissima (L.) Kunth —conocida popularmente como atocha o espartera, y durante mucho tiempo clasificada como Stipa tenacissima— sostuvo una industria papelera real y documentada. Los molinos de Alcoy y la Celulosa Almeriense, que operó en Almería desde 1966 hasta 1975 produciendo hasta 20.000 toneladas anuales de pasta, son prueba de que esta fibra no fue una curiosidad marginal: fue una respuesta industrial de escala.

El contexto internacional da más peso a ese dato. Desde mediados del siglo XIX, el Reino Unido importaba hasta 200.000 toneladas anuales de esparto desde España y el norte de África; en la década de 1950 esa cifra superó las 300.000. Richard Hills, en su historia de la fabricación del papel en Gran Bretaña, describe el esparto como una fibra peculiarmente británica —porque ningún otro país europeo ni norteamericano la utilizó a esa escala. La fibra que sostuvo una industria extranjera crecía aquí, en el sureste peninsular, sin que nadie le prestara especial atención.

En 2019, el gobierno español declaró el esparto Patrimonio Cultural Inmaterial, para proteger las zonas donde crece, a sus artesanos y a sus usos tradicionales. El papel artesanal de esparto no es, en ese contexto, una recuperación nostálgica. Es una práctica con continuidad real.

Hoy el esparto no aparece en casi ningún taller artesanal. No porque haya desaparecido la planta —sigue cubriendo cientos de miles de hectáreas en el sureste peninsular—, sino porque desapareció el interés. Ese hueco tiene solución.


Una fibra del territorio

El esparto es una gramínea perenne de hoja rígida y fibrosa, adaptada a suelos pobres, calizos y secos, que forma macollas densas en zonas semiáridas donde casi nada más prospera. Es una planta del mediterráneo occidental: su área natural se extiende por Andalucía Oriental, Murcia, Castilla-La Mancha y el norte de África. En Jaén, en las zonas de secano hacia el sureste de la provincia, crece en cunetas y eriales sin que nadie lo recolecte.

Sus fibras tienen una longitud aproximada de 1 mm —corta, comparable a la del algodón linters—, con paredes delgadas y buena capacidad de fibrilación. Esa brevedad tiene una consecuencia técnica directa: no necesitas pila holandesa para desfibrarlo. Una batidora de vaso a pulsos cortos es suficiente. Es, en ese sentido, una de las fibras más accesibles para un taller que empieza o que trabaja sin maquinaria especializada.

Lo que sí necesita es una cocción alcalina bien ejecutada. El esparto tiene más lignina que el algodón o el lino: sin eliminarla, el papel amarillea con el tiempo. Con cocción adecuada, esa limitación desaparece.


El proceso paso a paso

Recolección. Lo que se recolecta son las hojas, no el tallo. El esparto es una gramínea cuyo tallo es corto, basal y leñoso —sin valor fibroso para el papel—; la materia prima está en esas largas hojas laminares, rígidas y enrolladas sobre sí mismas, que forman la macolla característica de la planta. Dentro de cada hoja hay una estructura de células de fibra corta y pared sólida; la cocción alcalina disolverá la cutícula exterior y los compuestos que las unen —lignina, pectina, hemicelulosas— para liberar esas fibras individuales.

La recolección se hace en verano, cuando la planta tiene menos humedad. El gesto tradicional tiene nombre: espadar o arrancar el esparto. Se enrolla un manojo de hojas alrededor de la mano y se tira con un golpe seco de muñeca, tomando las hojas maduras desde la base y dejando la macolla intacta para que rebrote. Las hojas recogidas se cortan en fragmentos de unos 5 cm y se dejan secar al sol hasta que quedan quebradizas. En ese estado se almacenan sin riesgo de fermentación.

Maceración. El esparto troceado se pone a remojo en agua fría durante 24 horas antes de la cocción. Esta fase rehidrata la fibra y permite que los restos de tierra y polvo se depositen en el fondo, separándose del material útil. Cambiar el agua a mitad acelera la limpieza.

Cocción alcalina. Los mejores resultados documentados en taller artesanal se obtienen con un porcentaje de sosa de alrededor del 14% sobre el peso de fibra seca, durante aproximadamente 140 minutos a presión atmosférica. Con cal apagada en proporción equivalente, el resultado es igualmente válido y produce papeles con pH más estable a largo plazo. Las lejías resultantes son oscuras y de olor fuerte: es la lignina y los pentosanos de la planta liberándose. El resultado correcto es una fibra que se deshace fácilmente entre los dedos, de color ocre claro.

Lavado. Tras la cocción, la fibra se lava hasta que el agua de aclarado salga limpia. Los residuos alcalinos pueden recogerse para reutilizar en cocciones posteriores.


Batido: pila holandesa o batidora de vaso

El esparto cocido y lavado necesita desfibrado antes de entrar en la tina. Tienes dos herramientas a mano; cada una exige una decisión distinta.

Con batidora de vaso es perfectamente viable para esparto, y no es una solución de compromiso: la brevedad natural de esta fibra hace que el riesgo de sobreacortarla sea bajo. Lo que destruye una batidora con lino o cáñamo, con esparto es manejable.

El protocolo es sencillo. Rompe la fibra cocida en fragmentos pequeños y déjala en remojo en agua fría al menos dos horas —mejor toda la noche— antes de batir. En el momento del batido, trabaja con la batidora llena hasta la mitad y con poca fibra: unos 10 g de fibra seca por cada 100 ml de agua. La pasta tiene que quedar muy diluida para que el movimiento sea uniforme. Trabaja a pulsos cortos de 5–10 segundos, progresando en velocidad, dejando descansar el motor entre pulsos. La sobreexigencia mecánica no acelera el proceso: lo interrumpe.

Para comprobar que el desfibrado es suficiente, disuelve una pequeña cantidad de pasta en un tarro con agua, ciérralo, agítalo con fuerza y míralo a contraluz. Si hay grumos grandes, sigue batiendo. Las pequeñas motas dispersas son normales: son fibras individuales bien separadas.

Con pila holandesa, el control es mayor y el resultado más uniforme, pero exige una decisión importante: trabajar con el molón alto. El esparto ya es una fibra corta; bajar el rodillo en exceso la acorta aún más y produce un papel sin cuerpo, frágil y con tendencia a deshacerse en húmedo. La pila holandesa sirve aquí sobre todo para fibrilación —abrir la superficie de las fibras para mejorar el enlace— no para cortar. Un tiempo de batido de 20–30 minutos con molón alto es suficiente para la mayoría de aplicaciones. Para letterpress, donde interesa una superficie más cerrada y densa, puedes ir hasta 40 minutos. Para calcografía o acuarela, donde necesitas más absorción, quédate en 15–20.

En los dos casos, hay un comportamiento que el esparto no va a abandonar: la tendencia a formar bolas y aglomeraciones durante el batido y especialmente al cargar la tina. No es un fallo del proceso. Es la fibra. Trabajar con la pasta muy diluida y agitar la tina antes de cada sacada reduce el problema, pero no lo elimina del todo. Anticípalo y trátalo como una característica, no como un error a corregir.


Si no puedes cocer: las obleas preparadas

Hay una ruta alternativa al proceso desde la planta. El esparto se comercializa para papeleros artesanales en forma de láminas prensadas llamadas half stuff: fibra ya cocida, ya deslignificada, ya parcialmente desfibrada, comprimida en seco para facilitar el transporte. Es el equivalente funcional de los linters de algodón. Recibes la materia prima a mitad del proceso, sin necesidad de cocer nada.

El término no es nuevo. En la industria histórica, la pasta de esparto pasaba por un proceso intermedio llamado precisamente «medio hecho»: la fibra cocida se convertía en una especie de papel secante que luego volvía a los batidores. Lo que hoy se vende como half stuff artesanal es exactamente eso.

La versión disponible en el mercado está blanqueada, aunque el resultado no es blanco: es un tono cálido de paja. Se rehidrata en remojo durante varias horas y se procesa en batidora de vaso sin problema, siguiendo el mismo protocolo descrito arriba.

Dónde conseguir pulpa en España

El panorama de proveedores ha cambiado: ya no es necesario cruzar el Atlántico para conseguir pulpa de esparto preparada.

El Museu Molí Paperer de Capellades (Capellades, Barcelona) vende esparto en su tienda online a 14,39 €/kg en formato de 1 kg, accesible directamente desde papercapellades.com. Es la opción más directa para el taller artesanal con envío nacional.

La Dominotería (Madrid, ladominoteria.com) tiene pulpa de esparto en catálogo a 8 €, aunque con stock intermitente —conviene consultar disponibilidad antes de contar con ella. Es una tienda de referencia para papeleros y grabadores, con un catálogo amplio de otras pulpas: abacá, sisal, algodón, lino.

Para volúmenes mayores, Celesa — Celulosa de Levante S.A. (Tortosa, Tarragona, celesa-pulp.com) es el fabricante industrial de origen, líder mundial en pulpas de fibra no maderera. Su línea Celalfa de esparto está orientada a la industria, pero merece la pena contactarlos si se trabaja con cantidades que justifiquen un pedido mayor.

En Estados Unidos sigue disponible Carriage House Paper (Brooklyn, carriagehousepaper.com), a unos 21 €/kg sin envío transatlántico, como referencia para quien ya tenga pedido habitual allí o quiera comparar formatos.


El papel que produce

El gramaje mínimo técnicamente estable con esparto se sitúa alrededor de los 35 g/m². Por debajo, la brevedad de la fibra produce hojas muy frágiles en húmedo que se rompen durante la puesta. A 80–120 g/m², el papel tiene una presencia táctil inconfundible: algo más áspero que el algodón, con una superficie que retiene bien la tinta sin sangrar.

El color natural no es blanco. Varía según la cocción: cocciones más cortas producen tonos verde-pardos propios de la planta; cocciones más largas aclaran hacia tonos pardo-amarillentos. El blanco no es alcanzable sin blanqueo adicional. Pero esos tonos cálidos no son un problema a corregir: son el color del territorio donde crece la planta. Son, también, una decisión estética con carácter propio.

Para letterpress, tipografía de plomo y grabado en relieve, la textura del esparto añade valor visual a la impresión. Para calcografía, necesita encolado externo para controlar la absorción.

Dónde situar el resultado. Hay referencias industriales que permiten comparar. Arches fabrica el Velin Johannot —papel de grabado de calidad artística— con un 75% algodón y un 25% esparto. Reflex Paper, en Alemania, produce un papel de acuarela al 100% esparto con gramajes entre 200 y 300 g/m². Esos papeles existen en el mercado y son accesibles: si trabajas con esparto en el taller, tienes con qué comparar tu producción.

Una combinación documentada y eficaz para quien empieza es mezclar esparto con algodón en partes iguales. El algodón aporta resistencia en húmedo —su fibra más larga aguanta mejor la puesta sobre la bayeta—; el esparto aporta volumen, textura y la superficie característica de tintado. En la práctica: bate el algodón unos 50 minutos y el esparto unos 30, y combínalos en la tina. El resultado es un papel fuerte, ligeramente cálido en tono, que trabaja bien tanto en letterpress como en calcografía.

El esparto no es una fibra de segunda. Es la fibra de la tradición papelera del sur, esperando que alguien vuelva a ponerla en la tina.


Por qué importa ahora

Hay algo más que técnica en trabajar con esparto en un taller andaluz. Un libro de artista fabricado en Jaén con papel de esparto recogido a veinte kilómetros del taller no es solo un objeto con soporte artesanal: es un objeto con territorio. La materia prima tiene historia en ese suelo, tiene nombre en ese paisaje —atocha, espartera, atochal— y tiene presencia visual que ninguna fibra importada puede replicar.

Eso no es un argumento sentimental. Es una decisión editorial. El soporte forma parte del significado del objeto. Y elegir una fibra local, con historia en el lugar donde se fabrica, es una forma de hacer visible esa conexión en cada hoja.


Para reflexionar

¿Has trabajado alguna vez con una fibra local, accesible en tu entorno inmediato? ¿Qué cambia en el proceso cuando la materia prima tiene nombre en el paisaje donde trabajas?

Si tienes acceso a esparto —y en Jaén, en Murcia, en buena parte de la meseta sur lo tienes— ¿qué necesitarías concretamente para hacer una primera prueba de tina?

¿Qué significa para un libro de artista fabricado en Andalucía que su soporte sea papel de esparto?


Esta cápsula conecta con «La cocción alcalina: transformar la fibra antes del batido», «Fibrilación, hidratación y drenaje» y el Glosario de materiales y procedimientos del repositorio de Bajo Presión.

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