Lo que el papel guarda: acabado, marcas e identidad
La hoja ya existe. Lo que le hagas ahora —y lo que no le hagas— decide qué va a ser.Hay un momento en el proceso de fabricación artesanal de papel que suele tratarse como un epílogo: cuando la hoja ya está formada, prensada y seca. Se supone que lo importante ya pasó. Es un error. Las decisiones que se toman después de la tina —el encolado, el secado, el tipo de fieltro, lo que se añade a la pulpa antes de formarla— determinan con qué puede usarse ese papel, qué aspecto tiene, qué comunica y cuánto dura. Y las marcas que deja el proceso —la barba, el verjurado, las filigranas— no son accidentes decorativos: son la firma técnica de una tradición.
El prensado, el levador y el secado
Después de la puesta —llamada también couchado en la bibliografía técnica internacional, pero puesta en la tradición hispana—, las 261 hojas se apilan formando la posta, que se prensa con presión lenta y creciente. El levador separa las hojas sobre el banco de levar y las apila en la posta blanca. La tendedora las cuelga en el mirador con el espito. La tradición hispana señalaba el invierno como la mejor época para el secado: al helarse, el papel adquiría mayor blancura. No es superstición: los cristales de hielo expulsan impurezas y compactan la fibra de una manera que el secado cálido no reproduce.
El encolado: de hoja absorbente a soporte útil
Una hoja recién formada y seca se comporta como un papel secante. El mundo islámico fue el primero en encolar con almidones de arroz o sorgo. La gran transformación llegó con los papeleros de Fabriano, en Italia, en el siglo XIII: la introducción del encolado con gelatina animal, obtenida de pieles y huesos. Este cambio fue una respuesta tecnológica directa a una necesidad de la Europa medieval: escribir con plumas de ave y tintas ferrogálicas corrosivas sin que la tinta se expandiera ni rasgara el papel.
La gelatina se obtenía hirviendo carnazas —recortes de piel de curtiderías— con agua y alumbre de roca. Vertida en el mojador de cobre, el encolador introducía los paquetes de 25 hojas en forma de abanico con una pieza de plomo encima y los prensaba después para eliminar el exceso. La temperatura óptima del baño se sitúa entre 40 y 50 °C.
Un papel bien encolado suena al doblarlo. Esa es la prueba más rápida de que el proceso funcionó.
La siguiente tabla ofrece una guía de decisión para elegir tipo de encolado, fieltro y secado según el uso previsto:
Destino del papel | Encolado | Fieltro recomendado | Secado |
Escritura / caligrafía | Gelatina animal o metilcelulosa | Liso | Restringido (tabla o pared) |
Acuarela controlada | Ligero (almidón o metilcelulosa) | Liso o aterciopelado | Restringido |
Técnicas de absorción | Sin encolar | Indiferente | Libre |
Dibujo con lápiz o pastel | Sin encolar o muy ligero | Con «diente» (vellum) | Restringido |
Papel decorativo con inclusiones | Sin encolar | Liso | Libre o restringido |
El fieltro, el secado y las inclusiones
La textura superficial del papel no se añade al final: se imprime durante el prensado. Un fieltro liso da superficie aterciopelada; uno de tejido cruzado imprime un sutil patrón de lino; uno áspero da el «diente» que el lápiz y el pastel necesitan para adherirse. El acabado a tablero —secar sobre cristal o mármol— produce la cara más lisa. Las inclusiones en pasta —pétalos, hilos, fragmentos vegetales— quedan integradas en la arquitectura interna de la hoja sin comprometer la resistencia mecánica, algo imposible en la fabricación industrial.
La textura del papel artesanal no se añade: se negocia durante el proceso. El fieltro, la superficie de secado y la presión son los instrumentos de esa negociación.
Las marcas del proceso y las «imperfecciones» como evidencia
La barba —el borde irregular— es la evidencia física de que ninguna máquina intervino en ese borde. Las filigranas de claroscuro crean gradaciones tonales tridimensionales en la malla —inventadas en Fabriano hacia 1282—, funcionaron como firma del molino fabricante. Las lágrimas del tinero —gotas accidentales que dejan zonas con menor densidad de fibra— son defectos descartables en la industria y marcas de carácter en el papel hecho a mano.
El papel artesanal no es papel industrial con imperfecciones. Es un objeto de otra naturaleza, donde la variación es la prueba de su origen.
Para reflexionar
¿Encolas el papel que produces? Si no lo haces, ¿sabes para qué técnicas ese papel sin encolar es ideal y para cuáles resulta insuficiente?
¿Prestas atención al material de tus fieltros? ¿Sabes qué textura están imprimiendo en tu papel, o lo das por sentado?
Cuando aparece una «imperfección» en tu papel, ¿la tratas como un error o como información sobre tu proceso?
Esta cápsula es la segunda parte de «Dos tradiciones, una decisión», donde se desarrolla qué ocurre antes de la tina: la elección de fibra, el batido y la formación.
