Aguisar lo que no se deja dirigir
Por qué un taller vivo no admite dirección, y cuál es el repertorio de operaciones que la sustituye.Un taller que se somete a un proceso de racionalización puede mejorar todos sus indicadores y salir del proceso más frágil que nunca. Este ensayo explica por qué: el taller pertenece a la clase de sistemas cuyo orden emerge de las relaciones entre sus componentes, y a esos sistemas no se les puede imponer un plan sin sustituir el mecanismo que los mantiene vivos. Después construye la alternativa: un verbo del castellano medieval, aguisar, y las cuatro operaciones de lectura que lo llenan de contenido: el balance, el ciclo, la distancia al umbral y la holgura.
Considera un caso concreto. Un taller de gráfica funciona razonablemente bien y, en un momento dado, se somete a un proceso de racionalización. El origen del proceso es indiferente para el argumento: puede ser una junta directiva, una consultoría contratada con cargo a una subvención, o el propio colectivo en una asamblea de planificación. El proceso aplica los procedimientos habituales de la gestión: mide tiempos, identifica redundancias, asigna responsables, documenta procedimientos, define indicadores.
Las medidas concretas son estas cuatro. Primera: la medición de tiempos detecta que en cada jornada se dedican unos treinta minutos a conversaciones no productivas alrededor de la prensa, y se reorganiza la jornada para eliminarlos. Segunda: se comprueba que tres personas saben calibrar el fotopolímero con niveles de destreza desiguales, y se asigna la calibración en exclusiva a la más competente, porque trabaja más rápido y con menos error. Tercera: la tarde del jueves, que no tenía tareas asignadas y se dedicaba a probar técnicas sin encargo, se reasigna a producción. Cuarta: una prensa de pruebas antigua, con poco uso registrado, se vende para liberar espacio.
Seis meses después, los indicadores han mejorado: más producción por hora, menos tiempo improductivo, cada saber crítico con responsable único y procedimiento escrito. Y sin embargo el taller ha perdido cuatro funciones que ningún indicador registraba, porque ninguna de las cuatro figuraba como tarea. Las conversaciones alrededor de la prensa eran el mecanismo por el que el criterio de calidad se contrastaba y se unificaba entre los miembros; al eliminarlas, ese contraste ha dejado de producirse. La calibración repartida entre tres personas era una redundancia que protegía al taller frente a la ausencia de cualquiera de ellas; concentrada en una sola, la función depende ahora de una persona que ese invierno sufrirá una lesión de espalda. La tarde del jueves mantenía activas técnicas que ningún encargo pedía pero que reaparecían cuando un proyecto atípico las exigía; suprimida, esas técnicas dejan de practicarse y, con el tiempo, de estar disponibles. La prensa de pruebas era el equipo en el que los recién llegados podían cometer errores sin coste; vendida, los errores de aprendizaje pasan a producirse en los equipos de producción o a evitarse no aprendiendo.
Lo relevante del caso es que no contiene ninguna decisión incorrecta según el marco que la produjo. Cada medida es defendible con los datos disponibles. El fallo no está en la ejecución sino en el marco: en el supuesto de que un taller es un objeto que se dirige, y de que dirigirlo bien consiste en conocer sus componentes, medir su rendimiento y optimizar cada función por separado.
Este ensayo argumenta dos tesis. Primera: ese supuesto es falso, y es falso de manera demostrable, porque el taller pertenece a una clase de sistemas cuyo comportamiento no puede gobernarse mediante planificación y optimización de componentes. Segunda: renunciar a dirigir no equivale a renunciar a actuar; existe un repertorio de operaciones adecuado a esta clase de sistemas, y el curso propone nombrarlo con un verbo recuperado del castellano medieval: aguisar. La primera tesis ocupa las secciones II y III; la segunda, las secciones IV a VI.
II. De dónde viene el supuesto de la dirección
El supuesto de que las organizaciones se dirigen no es un error arbitrario: es el resultado de una secuencia histórica de modelos de coordinación, cada uno de los cuales resolvió un problema real y dejó otro sin resolver. Conviene recorrer la secuencia porque cada fase aportó algo que conservamos y algo que hay que abandonar, y porque la distinción entre ambas cosas es más fácil de hacer con la historia delante.
La coordinación encarnada: el taller gremial
El taller gremial europeo resolvió el problema de la coordinación concentrándola en una persona. El maestro reunía el repertorio técnico completo del oficio, el criterio de calidad y la autoridad organizativa; el aprendizaje consistía en años de práctica supervisada junto a él, y la coordinación del trabajo no requería documentos porque la referencia era su juicio directo.
De este modelo conservamos un hecho verificado una y otra vez en los talleres actuales: el saber técnico complejo se transmite por práctica compartida y supervisada, no por documentación. El límite del modelo es estructural: al concentrar la coordinación en una persona, hacía al sistema completamente dependiente de ella. La muerte o la marcha del maestro interrumpía la transmisión, y la escala del taller quedaba limitada por lo que un solo cuerpo podía supervisar. Cuando la producción industrial exigió escalas mayores, el modelo resultó insuficiente.
La coordinación documentada: la organización científica del trabajo
La respuesta a esa insuficiencia fue la organización científica del trabajo, formulada por Frederick Taylor a principios del siglo veinte. Su aportación tiene un núcleo válido que conviene reconocer: sustituir la costumbre por la medición. Taylor comprobó que buena parte de los procedimientos industriales de su época se mantenían por inercia y no por eficacia, y que descomponer el trabajo en operaciones, medir cada operación y recomponer el proceso según los resultados producía mejoras reales y verificables.
El coste del método está en sus supuestos. Para que la descomposición funcione, el trabajo tiene que cumplir tres condiciones: que el resultado del conjunto sea la suma de los resultados de las partes, que el saber necesario para cada operación pueda describirse por completo, y que optimizar cada parte optimice el todo. Estas condiciones se cumplen en una cadena de montaje porque la cadena fue diseñada para cumplirlas. En un sistema que no fue diseñado, las tres fallan, y el método no se limita entonces a rendir menos: elimina activamente lo que no puede registrar. Los treinta minutos de conversación del caso inicial son, para el instrumento de medición, tiempo improductivo; que sean el mecanismo de unificación del criterio es un hecho que el instrumento no puede representar, porque su unidad de análisis es la operación individual y ese mecanismo no es una operación individual.
La coordinación por regulación: la cibernética
A mediados del siglo veinte, la cibernética introdujo un cambio de fondo: hay sistemas que se regulan a sí mismos mediante bucles de retroalimentación, y gobernarlos no consiste en prescribir sus operaciones sino en ajustar las señales que reciben. El ejemplo canónico es el termostato: no ejecuta un plan de temperaturas, sino que corrige la desviación respecto de un valor de referencia cada vez que se produce. Trasladado a las organizaciones, el modelo sustituyó la prescripción de tareas por la definición de objetivos y la corrección por resultados.
De la cibernética conservamos el análisis en términos de bucles, que reaparecerá en la sección IV. Su límite es que mantiene un elemento externo al sistema: el valor de referencia. El termostato regula hacia una temperatura que alguien fijó desde fuera. El modelo sirve, por tanto, para sistemas cuyos fines se definen externamente, y no puede formular la situación que caracteriza a los sistemas vivos: aquella en la que el sistema genera sus propios fines y no existe un estado deseado definible desde fuera hacia el cual regular.
La coordinación emergente: los sistemas complejos
Esa situación la describieron la biología y la ecología de la segunda mitad del siglo. Humberto Maturana y Francisco Varela denominaron autopoiesis a la propiedad de los sistemas que producen y mantienen sus propios componentes: un organismo no ejecuta un plan externo, sino que fabrica continuamente las estructuras que lo fabrican. Donna Haraway añadió el término simpoiesis para el hecho complementario: ningún sistema vivo se produce en aislamiento; se produce en interacción con otros sistemas, y esas interacciones lo modifican. Y el ecólogo C. S. Holling, a partir del estudio empírico de ecosistemas forestales, describió la dinámica temporal de los sistemas complejos: no tienden a un equilibrio estable, sino que atraviesan ciclos de crecimiento, conservación, liberación y reorganización. El eje llama panarquía a esta dinámica.
La consecuencia de estos hallazgos para el problema de la coordinación es directa: existen sistemas cuyo orden no procede de un plan ni de un regulador, sino que emerge de las interacciones entre sus componentes. Imponer un plan a un sistema de esta clase no es una intervención neutra: el plan compite con el proceso de autoorganización y, cuando se impone, lo sustituye. El sistema pasa a depender del plan, y el plan, que por definición solo contiene lo previsto, deja al sistema sin capacidad de respuesta ante lo que no estaba previsto. Esta es la explicación general del caso de la sección I: cada medida sustituyó un mecanismo autoorganizado por una función planificada, y el conjunto de sustituciones redujo la capacidad del taller para responder a perturbaciones.
La secuencia completa se resume así:
| Fase | Qué aporta (y conservamos) | Qué no puede resolver |
|---|---|---|
| Taller gremial | La transmisión del saber por práctica supervisada | La dependencia total de una persona; la escala |
| Organización científica | La medición frente a la inercia | Solo representa lo descomponible en operaciones; elimina lo que no registra |
| Cibernética | El análisis en bucles; gobernar ajustando señales | Requiere fines definidos desde fuera del sistema |
| Sistemas complejos | El orden emergente; el sistema genera sus propios fines | Es descriptiva: explica el sistema, no prescribe cómo operar en él |
La última fila indica el trabajo pendiente. La teoría de los sistemas complejos demuestra por qué el taller no admite dirección, pero no proporciona por sí misma un repertorio de operaciones. Ese repertorio hay que construirlo, y para construirlo hace falta precisar primero la distinción sobre la que descansa todo: qué separa exactamente los sistemas que se dirigen de los que no.
III. La distinción: complicado y complejo
Un sistema complicado tiene muchos componentes, cada uno con una función definida, ensamblados según un diseño: un reloj, un motor, una insoladora. Puede ser muy difícil de entender, pero su dificultad es cuantitativa: con tiempo y conocimiento suficientes, el comportamiento del conjunto se deduce del comportamiento de las partes. De esa deducibilidad se siguen tres propiedades operativas: el sistema admite un plano que lo representa por completo, admite un manual que prescribe su manejo, y admite reparación por sustitución, porque cuando falla es posible localizar el componente averiado, cambiarlo y devolver el sistema a su estado anterior.
Un sistema complejo se define por la negación de la deducibilidad, y esa negación tiene tres fuentes identificables. Primera: las interacciones entre componentes son múltiples y no lineales, de modo que una variación pequeña en un punto puede producir efectos grandes en otro, y una intervención grande puede no producir efecto alguno; la proporcionalidad entre causa y efecto, que en lo complicado permite calcular, aquí no se cumple. Segunda: el sistema tiene dependencia de trayectoria: su respuesta a una perturbación depende de su historia previa, no solo de su estado presente, de modo que dos sistemas en estados aparentemente idénticos responden distinto a la misma perturbación según lo que hayan atravesado antes. Tercera: el sistema presenta emergencia: propiedades del conjunto que no existen en ninguno de los componentes y que, por tanto, no pueden localizarse, extraerse ni reproducirse componente a componente.
La ecología documenta las tres fuentes en ecosistemas reales, y el estudio de los talleres las encuentra en los talleres. El estilo de un taller, su criterio de calidad compartido, su vocabulario propio, son propiedades emergentes en el sentido técnico: no residen en ninguna persona, máquina ni documento, sino en el patrón de interacciones entre todos ellos. Dos hechos observables lo confirman. Primero: dos talleres con equipamiento idéntico producen obra claramente distinguible, lo que sería inexplicable si el resultado dependiera de los componentes. Segundo: los intentos de replicar un taller trasladando su equipamiento y sus protocolos fracasan de manera sistemática; lo trasladado es el inventario de componentes, y lo que definía al taller era el patrón de relaciones entre ellos, que no es trasladable porque no está localizado en nada trasladable.
De esta distinción se sigue la conclusión que cierra la primera tesis del ensayo. La pregunta «¿quién dirige este taller?» presupone la existencia de una posición desde la cual el sistema es visible por completo y gobernable mediante decisiones. En un sistema complejo esa posición no existe: no por falta de acceso, sino porque no hay una representación completa del sistema que alguien pudiera ocupar; cada posición dentro del sistema accede a una parte de la información, y la información total está distribuida sin punto de agregación. Dirigir un sistema complejo no es, por tanto, una tarea difícil: es una tarea mal definida, del mismo modo que reparar un bosque por sustitución de piezas es una tarea mal definida. La ecología resolvió el problema análogo desarrollando una disciplina propia para su objeto. Lo que sigue es el equivalente para el taller.
IV. El verbo: aguisar
Definición y procedencia
El castellano medieval disponía del verbo aguisar: preparar, disponer, arreglar algo de manera conveniente. Deriva de guisa, que significaba manera o modo, y que el romance tomó del germánico. El Cantar de mio Cid lo emplea con frecuencia para la actividad de dejar a punto caballos, provisiones o gentes con vistas a lo que va a ocurrir. De la misma raíz procede el verbo que la lengua conservó en la cocina: guisar.
Que la familia de la palabra haya sobrevivido en la cocina es útil para la definición, porque cocinar es la actividad cotidiana en la que cualquiera puede verificar el tipo de relación que el verbo nombra. Un guiso es un proceso fisicoquímico autónomo: las reacciones del calor, el agua, los almidones y las proteínas ocurren según sus propias leyes, y quien cocina no las ejecuta ni las manda. Lo que hace es otra cosa, perfectamente describible: dispone las condiciones iniciales, observa el proceso a intervalos, comprueba el estado mediante pruebas directas y aplica correcciones pequeñas cuando la comprobación las indica. La receta existe, pero funciona como punto de partida y no como programa: los ingredientes concretos de cada día exigen ajustes que ninguna receta puede contener por adelantado.
Aguisar, en el uso que este curso propone, designa esa misma estructura de actividad aplicada al ecosistema del taller: disponer condiciones, observar el proceso, comprobar el estado e intervenir de forma mínima y localizada en un sistema que genera su propio orden. La gramática completa del verbo tiene su eje propio al final del curso; lo que este ensayo necesita son sus tres componentes básicos. El componente operativo: aguisar actúa sobre las condiciones del sistema, no sobre sus resultados; prepara el terreno y deja que el resultado lo produzca el sistema. El componente epistemológico: aguisar antepone la lectura a la intervención; la mayor parte del trabajo es observación y diagnóstico, y la intervención es la parte menor y última. El componente ontológico: aguisar asume que su objeto es un conjunto de relaciones y no un conjunto de cosas, de modo que toda intervención sobre una relación tiene efectos sobre las demás y debe calcularse contando con ellos.
Una aclaración sobre el registro de la palabra. Comparada con dirigir, gestionar u optimizar, aguisar parece designar una actividad menor. La comparación es engañosa: la diferencia no es de ambición sino de objeto. La silvicultura no es una ingeniería de menor rango; es la disciplina correcta para un objeto al que la ingeniería no se aplica. Del mismo modo, el aguisamiento no es una gestión rebajada: es el conjunto de operaciones técnicamente adecuado a los sistemas complejos, y aplicarles en su lugar las operaciones de lo complicado no es rigor sino error de categoría, con los costes que la sección I describe.
El saber que requiere
Si la mayor parte del aguisamiento es lectura, hay que especificar qué clase de saber es leer un sistema, porque difiere del saber documentable en dos propiedades verificables.
El ejemplo lo da el propio taller. La insoladora de fotopolímero es, tomada como máquina, un sistema complicado con especificaciones completas: lámpara, temporizador, integrador de luz, exposición medida en unidades de energía acumulada. Pero la máquina opera dentro de un sistema mayor cuyas variables no están en las especificaciones. La lámpara envejece de forma no observable a simple vista: superadas las quinientas horas de uso puede encender con normalidad mientras su emisión ultravioleta ha caído a una fracción de la original, y el integrador solo compensa parcialmente esa caída. La tinta con que se imprimen los positivos cambia de composición cuando cambia el proveedor, y con ella la densidad efectiva. La temperatura y la humedad estacionales alteran el revelado. En consecuencia, el tiempo de exposición correcto no es un dato que pueda tabularse: es el resultado de varias variables que se desplazan de forma independiente, y solo puede mantenerse mediante un régimen de comprobación continua: tests de tira periódicos, recalibraciones, y personas que han desarrollado la capacidad de detectar una plancha subexpuesta por el tacto de la emulsión revelada antes de que la medición lo confirme.
Ese último elemento contiene las dos propiedades anunciadas. La primera: una parte del saber es tácita en el sentido preciso del término: puede ejercerse pero no transcribirse por completo. El protocolo del test de tira es documentable; el criterio que decide, ante un resultado ambiguo, si la causa está en la lámpara, en el positivo o en el agua de revelado, no lo es, porque integra percepciones y comparaciones que su portador no puede enumerar. Ese criterio se adquiere de una sola manera comprobada: práctica prolongada junto a alguien que ya lo tiene, con exposición repetida a casos y a correcciones. La segunda propiedad: el saber del taller está repartido. En un taller que funciona, ninguna persona posee el criterio completo; distintas personas dominan distintas partes, y el conjunto se mantiene porque circula entre ellas. Jean Lave y Étienne Wenger denominaron comunidad de práctica a la estructura social en la que esa circulación ocurre: un grupo que comparte una actividad y aprende ejerciéndola en común. Su resultado central es directamente aplicable aquí: en una comunidad de práctica el conocimiento no se transmite de un experto a unos receptores, sino que circula entre practicantes, y esa circulación lo conserva a través de los cambios de personas.
Con estas dos propiedades puede reformularse con precisión el segundo error del caso inicial. Asignar la calibración a la persona más competente trató un saber repartido como una función localizable. La asignación interrumpió la circulación: las otras dos personas dejaron de practicar, su parte del criterio dejó de ejercerse y, con el tiempo, de existir. El resultado fue la concentración de una función crítica en un punto único, es decir, la creación de una vulnerabilidad exactamente donde antes había una protección. La operación inversa, la que corresponde al aguisamiento, es mantener y ampliar la circulación aunque tenga coste: que la calibración pase por manos distintas aunque sea más lenta, que los cuadernos de registro estén accesibles, que quien llega nuevo participe pronto en la tarea. El criterio de decisión no es «quién lo hace mejor» sino «por cuántas personas pasa», porque el número de personas por las que pasa una función es la medida directa de su resistencia a la pérdida.
V. Las cuatro operaciones de lectura
Definido el verbo y su saber, queda especificar qué lee quien aguisa. El Eje 2 ha descrito cuatro dinámicas del ecosistema; a cada una corresponde una operación de lectura con su criterio propio.
Primera: leer el balance entre autopoiesis y simpoiesis
Un taller puede degradarse por dos vías opuestas, documentadas ambas en la historia de los talleres reales. La primera es el cierre: el taller concentra toda su actividad en el mantenimiento interno (reposición, transmisión, protección de lo propio: la vertiente autopoiética) y reduce el intercambio con el exterior hasta perder encargos, incorporaciones y contraste; el resultado es un sistema técnicamente correcto y progresivamente irrelevante. La segunda es la dispersión: el taller acepta toda colaboración y todo proyecto externo (la vertiente simpoiética) hasta que la actividad hacia fuera consume la capacidad de mantenimiento interno; el resultado es la pérdida del repertorio y del criterio que hacían al taller reconocible y valioso como colaborador.
El enfoque directivo trata este balance fijando una proporción: un porcentaje de actividad interna y otro de externa, o una política general de apertura o de consolidación. El defecto del método es que la proporción adecuada no es constante: depende del estado del sistema, que cambia. Tras un periodo de dispersión, un sesgo temporal hacia el mantenimiento interno es correcto; el mismo sesgo, mantenido cuando el taller necesita recuperar presencia exterior, es dañino. La operación de aguisamiento consiste por tanto en evaluar periódicamente hacia dónde se ha desplazado el balance y en corregir el sesgo cuando se acumula, tomando como señal de alarma no una proporción concreta sino la pérdida de alternancia: un sistema que lleva demasiado tiempo desplazado hacia un solo lado del balance ha perdido la capacidad de corrección, y esa pérdida precede al deterioro.
Segunda: leer la fase del ciclo
La panarquía de Holling establece que los sistemas complejos alternan fases de consolidación, en las que acumulan y estabilizan lo aprendido, y fases de reorganización, en las que parte de la estructura acumulada se deshace y el sistema adopta una configuración nueva. Ambas fases son funcionales: sin consolidación, cada reorganización parte de cero; sin reorganización, la estructura consolidada pierde progresivamente capacidad de respuesta ante condiciones nuevas.
El enfoque directivo tiene un sesgo estructural hacia la fase de consolidación, porque sus instrumentos (planes, procedimientos, indicadores) solo operan sobre estructuras estables. Una organización dirigida tiende por ello a prolongar la consolidación más allá de su rendimiento: interpreta todo síntoma de reorganización como fallo y lo corrige, con lo que la tensión que la reorganización habría liberado se acumula, y la reorganización, cuando finalmente se impone, es mayor y menos gobernable. La operación de aguisamiento correspondiente tiene dos partes. La primera es diagnóstica: distinguir entre las crisis que son averías (y deben corregirse) y las que son el inicio de una reorganización funcional (y deben acompañarse); el criterio de distinción es si lo que falla es un componente o si es el ajuste del conjunto a condiciones que han cambiado. La segunda parte es protectora: durante una reorganización, concentrar el esfuerzo no en restaurar la estructura anterior sino en preservar los elementos que la configuración siguiente necesitará: los saberes, los vínculos entre personas y el registro de lo aprendido.
Tercera: leer la distancia al umbral
Los estudios de ecosistemas muestran un patrón de deterioro que los talleres reproducen: la degradación no es proporcional ni visible de forma continua, sino acumulativa y subumbral. El sistema absorbe perturbaciones repetidas sin cambio aparente de comportamiento, mientras su capacidad de absorción se reduce; cuando esa capacidad se agota, el sistema cambia de estado de forma rápida y, en muchos casos documentados, irreversible: el ecosistema forestal que soporta sequías sucesivas sin alteración visible y en una estación determinada pasa a matorral es el caso empírico de referencia, y el cambio no se revierte cuando vuelven las lluvias.
De este patrón se sigue que las métricas de estado presente (producción, asistencia, actividad) son estructuralmente incapaces de detectar el deterioro, porque el deterioro no está en el estado presente sino en la reserva de capacidad de absorción, que esas métricas no miden. La pregunta de diagnóstico correcta no es «¿cómo estamos hoy?» sino «¿cuánta capacidad de absorción queda?», y esa pregunta sí tiene indicadores observables: cuántas bajas consecutivas ha habido sin incorporación de relevo, cuántas funciones críticas dependen de una sola persona, cuánto tiempo hace que no entra gente nueva, cuánto margen no comprometido queda en tiempos, saberes y equipos. Ninguno de estos indicadores aparece en una cuenta de resultados; todos miden la distancia al punto de cambio de estado. La operación de aguisamiento es mantener esta segunda contabilidad y actuar sobre ella cuando la distancia se acorta, aunque la primera contabilidad no muestre problema alguno.
Cuarta: leer la holgura como capacidad y no como coste
La holgura es el nombre que el eje da al conjunto de recursos de un sistema no comprometidos en la producción corriente: redundancia de saberes, tiempo no programado, técnicas mantenidas sin demanda, margen de improvisación en las rutinas, equipos de bajo uso. La contabilidad de la eficiencia la clasifica como coste, porque no contribuye al resultado corriente. El análisis de sistemas la clasifica de otra manera, y la diferencia se demuestra con el par de conceptos que la ecología distingue: la robustez es la capacidad de mantener la función ante perturbaciones previstas; la resiliencia es la capacidad de reorganizarse ante perturbaciones no previstas. La robustez se obtiene con procedimientos y previsión. La resiliencia se obtiene exclusivamente con holgura, porque reorganizarse exige disponer de elementos no comprometidos con la organización anterior: saberes duplicados, tiempo libre, alternativas practicadas.
El caso de contraste es el de la sección I y conviene enunciarlo en estos términos. Ante la baja imprevista de la persona que calibraba el fotopolímero, el taller optimizado carece de elementos no comprometidos con que reorganizarse: la función se interrumpe. El taller con holgura (dos personas más con dominio parcial, registros accesibles, práctica reciente) se reorganiza y mantiene la función con pérdida temporal de rendimiento. La diferencia de comportamiento no procede de la calidad de las personas ni de la previsión de la contingencia, que por definición no estaba prevista: procede íntegramente de la holgura disponible. Recortar holgura equivale, por tanto, a convertir capacidad de reorganización en rendimiento corriente: un intercambio que mejora todos los indicadores de presente y reduce la probabilidad de supervivencia ante lo imprevisto. La operación de aguisamiento es tratar la holgura como una partida presupuestaria deliberada, dimensionarla y defenderla con el mismo argumento técnico con que se presupuesta el mantenimiento de los equipos: es un gasto cuya utilidad solo se verifica cuando ocurre aquello contra lo que protege.
VI. Las dos lógicas, sistematizadas
Las cuatro operaciones permiten construir la comparación completa entre los dos repertorios. La tabla no opone un método bueno a uno malo: opone dos repertorios correctos cada uno para su clase de sistema. El primero funciona sobre lo complicado; el error, en todos los casos examinados, ha sido de aplicación.
| Dinámica del sistema | Repertorio directivo | Repertorio del aguisamiento |
|---|---|---|
| Los cuatro estratos | Interviene en el nivel donde el problema se manifiesta | Identifica el estrato donde reside la causa e interviene ahí, con el gesto mínimo |
| Autopoiesis / simpoiesis | Fija una proporción entre actividad interna y externa | Evalúa el desplazamiento del balance y corrige el sesgo acumulado |
| Ciclo panárquico | Prolonga la consolidación; corrige toda reorganización como fallo | Distingue avería de reorganización; protege saberes y vínculos durante el cambio |
| Umbral | Mide el estado presente | Mide la capacidad de absorción restante |
| Holgura | La clasifica como coste y la recorta | La presupuesta como capacidad de reorganización |
| Saber del oficio | Lo concentra en el más competente y lo protocoliza | Lo hace circular por el máximo de personas, asumiendo el coste |
Dos filas requieren el desarrollo final, porque en ellas la diferencia entre repertorios se apoya en la estructura misma del taller y no solo en su gestión.
La primera fila remite a la estratificación que el eje ha descrito: en el taller coexisten cuatro planos de realidad con leyes distintas: el inorgánico de equipos y materiales, el orgánico de los cuerpos, el psíquico de la atención y el criterio individual, y el social-objetivado del vocabulario común, el criterio colectivo y la memoria compartida; la escala procede de la ontología de Nicolai Hartmann en la reformulación de Jordi Claramonte. Entre los estratos rigen relaciones asimétricas verificables: los inferiores condicionan a los superiores (un fallo material persistente acaba degradando cuerpos, atención y criterio), pero los superiores no pueden corregir a los inferiores (ningún acuerdo colectivo compensa una lámpara agotada); y los superiores, siendo los más valiosos, son también los de degradación más rápida y menos visible: un equipo sin uso se conserva meses; un criterio colectivo sin ejercicio empieza a perderse en semanas, y su pérdida solo se detecta cuando se necesita. El repertorio directivo, que representa el taller como una superficie única de recursos y tareas, no dispone de esta estratificación y por eso interviene sistemáticamente en el estrato equivocado: aborda con reorganizaciones sociales problemas materiales, y con compras de equipamiento problemas de criterio. La primera competencia del aguisamiento es la asignación correcta de cada problema a su estrato.
La segunda fila que requiere desarrollo es la última, y contiene la razón por la que la fragmentación en funciones, incluso bien ejecutada, destruye algo que no puede recomponerse. El economista Manfred Max-Neef estableció que las necesidades humanas fundamentales son pocas, finitas e iguales en todas las culturas (subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad), y que lo variable son los satisfactores: las actividades y estructuras con que se atienden. Su clasificación de los satisfactores incluye una categoría de especial rendimiento: los sinérgicos, que atienden varias necesidades simultáneamente y refuerzan la capacidad de atender las demás. Una sesión de trabajo colectivo sobre una plancha compartida cumple la definición de satisfactor sinérgico de manera comprobable, necesidad por necesidad: produce edición vendible (subsistencia), en un espacio estable (protección), con vínculos entre quienes participan (afecto), afinando criterio en la práctica común (entendimiento), con decisiones tomadas por quienes las ejecutan (participación), con disfrute no instrumental (ocio), generando obra nueva (creación), dentro de un estilo en el que cada participante se reconoce (identidad) y con margen de ensayo y rectificación (libertad). Las nueve, en la misma actividad.
La descomposición en funciones separadas deshace precisamente la simultaneidad, que es donde reside el rendimiento. Un empleo, un curso y una asociación atienden por separado varias de las nueve necesidades; su suma no reproduce el efecto de la sesión de taller, porque el efecto no era la suma de atenciones sino su coincidencia en una sola actividad, con el refuerzo mutuo que la coincidencia produce. De aquí la asimetría que cierra el argumento: un taller que se pierde no se sustituye agregando servicios, porque lo perdido no era un conjunto de servicios sino un satisfactor sinérgico, y los satisfactores sinérgicos no se ensamblan a partir de sus componentes: emergen, como todo lo emergente, del patrón de relaciones. Proteger ese patrón es el objeto último del aguisamiento, y es la razón por la que el verbo, además de una técnica de gestión de sistemas complejos, es una técnica de conservación de algo que ninguna otra estructura disponible produce.
VII. Lo que el verbo permite
Queda enunciar, en términos concretos, qué se obtiene al adoptar el verbo.
Se obtiene, primero, una relectura operativa de casos como el de la sección I, con consecuencias directas sobre las decisiones. Con el marco de este ensayo, las cuatro medidas iniciales se evalúan de otra manera: las conversaciones alrededor de la prensa se identifican como el mecanismo de unificación del criterio, y se conservan; la triple competencia en calibración se identifica como redundancia protectora, y se amplía en lugar de concentrarse; la tarde sin tareas se identifica como mantenimiento del repertorio no demandado, y se presupuesta; la prensa de pruebas se identifica como el espacio de error de bajo coste que todo aprendizaje necesita, y se conserva o se sustituye por un equivalente. Ninguna de estas decisiones requiere más recursos que sus contrarias: requiere el diagnóstico correcto de qué función cumple cada elemento en el sistema.
Se obtiene, segundo, una escala de aplicación mayor. Todo lo dicho del taller individual vale para una red de talleres, porque una federación de nodos (la estructura de Bajo Presión) es también un sistema complejo sin dirección central: sus balances entre lo local y lo común, su holgura, la circulación de saber entre nodos, se leen y se atienden con las mismas cuatro operaciones. La federación aporta además lo que el taller aislado no puede alcanzar: el tamaño necesario para intervenir sobre las condiciones externas (mercado, instituciones, espacio, atención pública) que un nodo solo únicamente puede padecer. La descripción de esas condiciones externas, de sus fuerzas y de sus formas de presión es el objeto del eje siguiente.
Y se obtiene, tercero, la base de un sistema conceptual más amplio. Este ensayo ha usado el verbo en su forma más simple, como nombre de un repertorio de cuatro operaciones. El curso lo desarrollará como sistema completo: los modos en que se ejerce, los sujetos que lo ejercen, las combinaciones con otras acciones del taller, y la posibilidad de analizar cualquier situación del ecosistema como una construcción con esos elementos. Esa gramática del aguisamiento cierra el curso, y las cuatro operaciones descritas aquí son su vocabulario de partida.
La conclusión admite una formulación breve. El taller gremial situaba la coordinación en una persona; la organización científica, en un documento; la cibernética, en un bucle de regulación. La teoría de los sistemas complejos demostró que hay sistemas cuya coordinación no está en ninguno de esos lugares porque emerge del conjunto, y que intervenir en ellos exige un repertorio distinto: disponer condiciones, leer estados, comprobar distancias a los umbrales, proteger la holgura y la circulación del saber, intervenir poco y en el estrato correcto. Ese repertorio tiene nombre en castellano desde hace ocho siglos. Un taller vivo no tiene director: tiene, cuando funciona, personas que lo aguisan.
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Cápsula compañera: «La holgura: el órgano de la reorganización»
