Autopoiesis y simpoiesis: crecer juntos sin disolverse

Hay una tensión que atraviesa cualquier práctica colectiva y que rara vez se nombra con claridad: la tensión entre mantener una identidad propia y dejarse transformar por el encuentro con los demás.

Ceder demasiado en cualquiera de los dos sentidos tiene costes serios. Si te disuelves completamente en el grupo, pierdes la voz que tenías para aportar. Si te cierras completamente en ti mismo, el encuentro deja de ser encuentro y se convierte en coexistencia.

Dos conceptos de la biología del sistema nos ayudan a nombrar esta tensión con precisión.

Autopoiesis: el sistema que se produce a sí mismo

Humberto Maturana y Francisco Varela describieron los sistemas autopoiéticos como aquellos que se producen y mantienen a sí mismos: generan sus propios componentes, reparan sus propias estructuras, mantienen su identidad a través del tiempo y del cambio.

Aplicado al taller: el ecosistema graficoestético genera su propia cultura, sus propios artistas, sus propias técnicas. Tiene lo que se llama clausura operacional: una frontera que mantiene su identidad aunque interactúe con el exterior. Sin esa clausura, el taller deja de ser un sistema y se convierte en un espacio de paso donde nada se sedimenta.

Para el artista dentro del taller, la autopoiesis es la condición de tener una voz reconocible. Una sensibilidad propia. Un repertorio que es genuinamente tuyo aunque haya sido construido en relación con los demás.

"No hay nada más vulgar que la manía de la originalidad. La originalidad es cuando surge tu identidad y es diferente. Si te disuelves en otros, eres invisible como creador."

Simpoiesis: hacer-con

Donna Haraway introdujo el concepto de simpoiesis para nombrar algo que la autopoiesis no puede describir sola: los sistemas que se producen y se definen mutuamente. Sistemas abiertos, entrelazados, donde los componentes no tienen fronteras claras porque se están co-produciendo continuamente.

Dentro del taller, la simpoiesis es lo que ocurre en el buen trabajo colectivo: cada persona mantiene su identidad autopoiética, pero esa identidad se está modificando continuamente por el contacto con las demás. No es fusión. Es transformación mutua.

La parodia —en su sentido etimológico— es el nombre de este proceso: pará (junto a, al margen) + oidé (canto). Cantar junto a otros de tal manera que el canto del otro modifique el tuyo, pero que el tuyo quede también modificado. Ese es el movimiento: ni absorción ni impermeabilidad, sino resonancia.

En el taller que funciona bien, cada persona es reconociblemente ella misma y, al mismo tiempo, diferente de cómo era antes de ese encuentro.

El equilibrio en la práctica

Gestionar esta tensión en un contexto de taller implica crear las condiciones para que ambos procesos puedan ocurrir. Tiempo de trabajo individual —donde cada artista desarrolla su autopoiesis— y tiempo de trabajo colectivo donde la simpoiesis puede operar. Momentos de confrontación de ideas y momentos de silencio compartido.

La patología de la autopoiesis sin simpoiesis: el taller como suma de individuos que no se afectan mutuamente. La patología de la simpoiesis sin autopoiesis: el taller como masa homogénea donde ya nadie tiene voz propia.

Para reflexionar: ¿Puedes nombrar algo concreto que tu práctica le deba al contacto con otras personas en tu comunidad? ¿Y algo que hayas defendido de ese contacto para que no se diluyera?