Los cuatro modos: épico, cómico, lírico y trágico en la edición de arte

Un taller no siempre funciona de la misma manera. A veces el grupo trabaja con una energía colectiva que hace que todo fluya. Otras veces alguien no encaja, o alguien se aísla, o hay una tensión que nadie nombra pero que lo impregna todo.

Estas variaciones no son aleatorias. Responden a cuatro modos de relación que la estética modal describe con precisión, y que son herramientas para leer el paisaje del taller.

Los cuatro modos

El modo épico es un nosotros. Tesitura y valores compartidos, códigos comunes, la sensación de que todos están en la misma historia. Está asociado a lo necesario: lo que el grupo siente que tiene que hacer, que no puede no hacer. Es el modo de la escuela donde todos comparten la visión. Su virtud: cohesión y dirección. Su patología: puede volverse dogma, expulsar la diferencia, convertir la certeza en rigidez.

El modo cómico es un yo en el nosotros. La voz discordante que permanece dentro del grupo. El Pepito Grillo. Asociado a lo contingente: lo que podría ser de otra manera, lo que no tiene por qué ser necesariamente así. Es el modo de quien pregunta ¿por qué se hace así? sin intención de destruir, sino de hacer pensar. Su virtud: renueva el repertorio, impide la calcificación. Su patología: si se prolonga sin respuesta, puede aislar a quien la ejerce.

El modo lírico es un yo. Soledad, introspección, desconexión. Asociado a lo posible: el espacio donde una persona explora su propio camino, a veces sin saber adónde va. «Esto no merece la pena, voy a mi bola.» Su virtud: la profundidad individual, el desarrollo de una voz propia. Su patología: si se extiende al grupo entero, produce fragmentación y pérdida de dirección compartida.

El modo trágico es un nosotros en el yo. La reintegración forzada. Asociado a lo imposible: la situación en que las opciones se han cerrado y solo queda sacrificar algo. «Aquí hay un orden: reintégrate o te cancelan.» Su virtud: puede producir obras de una intensidad extraordinaria. Su patología: cuando es el modo dominante de un taller, genera miedo y autocensura.

Cómo usarlos

Ninguno de los cuatro modos es bueno o malo en absoluto. Son herramientas de lectura del paisaje. La pregunta no es ¿cuál es el modo correcto? sino ¿en qué modo está el grupo ahora, y es ese el modo que necesita para lo que tiene que hacer?

Un grupo que necesita consolidar su repertorio y desarrollar confianza colectiva puede necesitar más modo épico. Un grupo demasiado instalado en sus certezas necesita una inyección de modo cómico. Un artista que ha perdido el hilo de su propia voz puede necesitar un período de modo lírico.

Leer el modo en que opera el grupo —y saber cuándo introducir un empujón suave hacia otro— es una de las destrezas más refinadas del gestor-jardinero.

La trampa es creer que el modo épico es siempre el objetivo. Que la cohesión es siempre la virtud y la discordancia siempre el problema. Un taller que ha eliminado el modo cómico ha eliminado también su capacidad de aprender.

Los modos y los estratos

Los cuatro modos no flotan en el abstracto. Se encarnan en el taller estratificado. El modo épico vive en el estrato simbólico y lingüístico: en los códigos compartidos, en el lenguaje común. El modo lírico vive en el estrato sensible y afectivo: en la atmósfera del taller, en las emociones no dichas. El modo trágico se manifiesta en el estrato social y político: en las estructuras de poder que determinan quién puede hablar y quién no.

Saber en qué estrato opera cada modo permite intervenciones más precisas.

Para reflexionar: ¿En qué modo opera principalmente tu comunidad de práctica ahora mismo? ¿Cuál de los cuatro modos está ausente, y qué dice esa ausencia?

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