¿Qué sabe tu cuerpo que tus palabras no pueden decir?
Hay una pregunta que resulta incómoda para cualquier practicante con suficiente tiempo en el taller: ¿puedes enseñar lo que sabes? No los pasos —esos son fáciles. No la secuencia de preparación, los tiempos de mordido, las proporciones de mezcla. Eso puede escribirse, filmarse, transmitirse a alguien que nunca ha visto una prensa y aprenderse con corrección razonable.
La pregunta incómoda es otra: ¿puedes transmitir el criterio? ¿Puedes enseñar a alguien a saber cuándo parar?
Lo que el protocolo no puede documentar
El filósofo Michael Polanyi observó en los años sesenta algo que los practicantes del arte gráfico reconocen de inmediato: sabemos más de lo que podemos decir. A ese exceso de saber —lo que el cuerpo sabe antes de que el lenguaje lo procese— lo llamó saber tácito.
El saber tácito no es misterioso. No es intuición en el sentido vago del término. Es el resultado de un proceso concreto: la práctica repetida, atenta y corregida que sedimenta percepciones, juicios y respuestas en el cuerpo hasta que dejan de necesitar procesamiento consciente para activarse. El grabador no piensa en la presión mientras estampa. La encuadernadora no mide la flexibilidad del papel antes de doblarlo. El ceramista no calcula el peso de la arcilla en la mano. Lo perciben directamente, y esa percepción directa es el resultado de haberse equivocado muchas veces y haber aprendido a escuchar lo que la materia dice.
Lo que distingue al saber tácito del conocimiento técnico ordinario es precisamente su naturaleza corporal. No reside en la memoria declarativa —en la lista de cosas que se saben y se pueden enunciar. Reside en el cuerpo: en la manera específica en que la mano aplica la presión, en el ángulo concreto del brazo que el ojo no registra pero el músculo recuerda, en la percepción de que el papel tiene hoy una tensión ligeramente distinta antes de que ninguna medición lo confirme.
La construcción del saber tácito
El saber tácito se construye en el contacto sostenido y atento con la materia. Pero no en cualquier contacto: requiere atención específica a lo que la materia devuelve, disposición a ser sorprendido por sus respuestas, capacidad de registrar las variaciones antes de que se conviertan en errores irreparables.
Esta es la diferencia entre el practicante que acumula horas y el practicante que acumula oficio. No es el tiempo lo que construye el saber tácito: es la calidad de presencia durante ese tiempo. El que pasa diez años ejecutando pasos sin escuchar no construye oficio. El que pasa tres años con atención plena ante la materia, registrando sus respuestas, errando y corrigiendo con conciencia —ese sí lo construye.
Por eso el oficio no puede acelerarse. No puede comprimirse en talleres intensivos ni en series de vídeos bien producidos. Puede transmitirse con más o menos eficiencia, con más o menos intención pedagógica, con más o menos presencia de alguien que ya lo tiene. Pero el tiempo de sedimentación en el cuerpo es el tiempo que es, y no puede negociarse.
Por qué el saber tácito es frágil
Lo que se construye lentamente se pierde con rapidez. Un practicante que deja de trabajar con un material durante meses nota al volver que algo en la mano ya no lee igual. La sensibilidad que la práctica construye no se almacena indefinidamente: necesita ser renovada en el contacto continuado con la materia para mantenerse activa.
Esta fragilidad tiene consecuencias para el ecosistema del taller. Un taller que pierde a sus miembros más experimentados sin haber transmitido su saber tácito pierde algo que no puede recuperarse de la misma forma: el tiempo de formación que esas personas acumularon, la sensibilidad específica que construyeron ante ciertos materiales, el criterio para evaluar situaciones que ningún manual puede describir completamente.
Y tiene consecuencias para el paisaje. El Eje 3 de este cMOOC describe cómo el paisaje actúa sobre el repertorio de maneras que no siempre son visibles. La erosión del saber tácito es una de esas maneras: silenciosa, sin decisiones explícitas, sin que nadie lo nombre como pérdida hasta que ya no está.
La pregunta que este eje abre
¿Qué sabe tu cuerpo que tus palabras no pueden decir completamente? Esa pregunta tiene una respuesta en cada practicante con suficiente tiempo en el taller. La dificultad no es tener la respuesta —el cuerpo la tiene. La dificultad es nombrarla, no para documentarla en un protocolo sino para reconocerla como lo que es: conocimiento real, conocimiento específico, conocimiento que puede transmitirse aunque no pueda escribirse completamente.
El Eje 6 de este cMOOC trabaja esa pregunta desde cuatro ángulos: la materia como interlocutor, la herramienta como modo de pensar, el gesto como lugar donde el repertorio se hace visible, y la transmisión como el proceso frágil por el que el oficio pasa de un cuerpo a otro.
Para indagar en tu taller
¿Puedes nombrar tres cosas que tu cuerpo sabe hacer en el taller que no están escritas en ningún manual? ¿Recuerdas cómo llegaste a saberlas?
¿Hay algo en tu práctica que podrías mostrar pero no podrías enseñar con palabras? ¿Qué condiciones necesitarías para poder transmitirlo?
¿Qué parte de tu saber tácito depende de condiciones que el paisaje actual de tu práctica —el tiempo disponible, los materiales accesibles, la presencia de otros— está haciendo más difícil de mantener vivo?
