El repertorio: qué sabe hacer un taller

El saber que el cuerpo ejerce sin pensarlo

Dos personas que conocen las mismas técnicas no saben lo mismo. La diferencia no está en la lista de lo que dominan, sino en cómo lo tienen incorporado: eso es el repertorio.

Un grabador con veinte años de oficio y un estudiante de segundo curso se sientan ante la misma prensa, con la misma tinta y la misma plancha de cobre. El estudiante conoce los pasos, los ha leído y los sabe enumerar: entintar, retirar, limpiar, pasar el tórculo. El grabador conoce esos mismos pasos, pero sabe en otro sentido. No piensa la presión del rodillo, la nota; no calcula cuánta tinta retirar, lo ve; corrige el ángulo de la rasqueta antes de saber que iba a corregirlo. Esa diferencia, que cualquiera reconoce y pocos saben nombrar, no está en la lista de técnicas que cada uno conoce. Está en el repertorio: la forma viva en que esas técnicas están incorporadas, disponibles y en relación dentro de un cuerpo y de una comunidad.

Qué es y qué no es un repertorio

No es un inventario: es saber incorporado

Es tentador pensar el repertorio como una lista: las técnicas que alguien domina, el catálogo de lo que sabe hacer. Esa imagen es la del marco de la fábrica aplicada al cuerpo, y deja fuera lo esencial. Un inventario es estático y se cuenta; un repertorio es dinámico y se ejerce. La diferencia decisiva es la incorporación: el saber que ha pasado tantas veces por el cuerpo que ya no necesita pensarse para activarse. Quien tiene una técnica en el inventario puede ejecutarla si se concentra; quien la tiene en el repertorio la tiene disponible sin concentrarse, liberada para atender a otra cosa. Por eso dos personas que conocen las mismas técnicas no tienen el mismo repertorio: una las piensa, la otra las habita. El repertorio es lo que queda cuando el procedimiento se ha hundido por debajo de la atención y se ha vuelto parte de cómo el cuerpo está en el mundo.

Un repertorio vive: crece, se atrofia, duerme

Por estar incorporado, el repertorio no es una posesión fija, es un organismo. Crece con la práctica sostenida, que añade matices que ninguna instrucción transmite. Se atrofia con el desuso: una destreza que deja de ejercerse no se queda quieta esperando, se desafila, igual que cualquier capacidad del cuerpo. Y guarda una reserva latente, un repertorio dormido de técnicas que ya no se usan pero no se han perdido del todo, que un problema nuevo puede despertar. Aquella holgura que en la cápsula sobre la robustez parecía ineficiencia es, vista desde aquí, la condición de que el repertorio conserve su reserva: las técnicas en desuso son repertorio dormido, y un taller que las poda en nombre de la eficiencia adelgaza justo donde estaba su capacidad de responder a lo inesperado. Cuidar un repertorio incluye mantener vivo lo que todavía no se usa.

El saber que solo existe repartido

El repertorio de un taller no es la suma de los repertorios de quienes lo componen. Hay un saber que solo existe distribuido: nadie lo posee entero, circula entre los cuerpos que trabajan juntos y se activa en la coordinación. Quién sabe afinar la prensa, quién reconoce cuándo un papel ha reposado lo justo, quién recuerda por qué se abandonó cierta tinta, todo eso forma un repertorio colectivo que pertenece a la compaña y no a sus miembros por separado. Este saber repartido es la simpoiesis de la que hablaba la cápsula sobre autopoiesis: se hace con otros y se pierde si la compaña se rompe. Un taller puede tener un inventario intacto de máquinas y haber perdido su repertorio colectivo porque se fue quien lo sostenía, y entonces, con todo el equipo en su sitio, ya no sabe hacer lo que sabía.

Una habilidad no es una disposición

Hace falta deshacer aquí un equívoco del idioma. En el habla corriente, «tener disposición» para algo significa tener aptitud, y desde ahí una habilidad sería ya una disposición. No usamos la palabra en ese sentido. La tomamos de la estética modal de Jordi Claramonte, que recoge a su vez a Miguel Espinosa: la disposición es «la actitud que quiere lo posible». Una habilidad, en cambio, no quiere nada; es una capacidad decantada, parte de lo que llamamos repertorio, esa lenta sedimentación de la experiencia que nos dice lo que ya sabemos hacer. La disposición no es una capacidad más, sino la postura desde la que ese repertorio se orienta —o se niega— hacia lo posible. Habilidad y disposición pertenecen a registros modales distintos: el repertorio es el reino de lo que podemos bajo el modo de lo necesario; la disposición, el de lo que nos atrevemos a querer como posible. Las habilidades viven, así, en el repertorio y no entre las disposiciones.

La sensibilidad, el arte y la cultura del repertorio

El repertorio es, en el fondo, sensibilidad incorporada: la manera en que un cuerpo y una comunidad han aprendido a ser afectados por un material y a responderle. Por eso no se transmite con un manual ni se compra con el equipamiento, y por eso el arte de un taller depende de un repertorio que la cultura común mantiene vivo entre todos. Aguisar un taller incluye disponer las condiciones para que el repertorio crezca, no se atrofie y conserve su reserva dormida: dar tiempo a la práctica que incorpora, ocasiones a las técnicas que dormitan y reconocimiento al saber que solo existe repartido. Un taller no vale por lo que tiene en el inventario, sino por lo que sabe hacer sin pensarlo.

Para reflexionar

  • ¿Qué hay en tu repertorio que ya no piensas para hacerlo, y cuánto tiempo te costó incorporarlo?
  • ¿Qué parte de lo que tu taller sabe hacer no lo sabe nadie en solitario, sino la compaña?