El juicio que no tiene protocolo: cuerpo, atención y oficio en la tina

Las cápsulas de esta serie explican qué ocurre en la fibra. Esta explica qué ocurre en quien la trabaja. Son dos cosas distintas y las dos son necesarias.

Hay un momento en el proceso de formación de papel japonés que la investigadora y papelera chilena María Carolina Larrea Jorquera describe con una precisión que los manuales técnicos raramente alcanzan: la peineta entra en la batea, agita la pulpa de kozo alrededor de cincuenta veces, y la atención no está puesta en contar sino en leer. Lo que se observa es cómo la masa compacta de corteza golpeada se va separando en fibrillas que se integran al medio acuoso, cómo en los siguientes cincuenta movimientos esas fibrillas se afinar hasta formar una pulpa en suspensión. El número — cincuenta — no es una fórmula. Es el punto de partida de una lectura que solo la práctica acumulada enseña a hacer. Como escribe Larrea Jorquera: "Lo que se debe tener en cuenta es observar el comportamiento de la fibra" (2016, p. 59). Eso, y no el contador, es el instrumento.

Esta cápsula parte de ahí.

Lo que ningún protocolo puede sustituir

La serie de cápsulas sobre papel de Bajo Presión ha desarrollado con precisión los mecanismos que explican por qué una fibra se comporta de determinada manera: la fibrilación como base de la cohesión, el batido como la decisión más importante antes de la tina, la floculación como problema específico de las fibras largas, el encolado como respuesta a un uso concreto. Todo eso es conocimiento sobre la materia.

Hay un segundo tipo de conocimiento que no aparece en los porcentajes de lignina ni en las tablas de tiempos de batido. Es el conocimiento que se genera en la práctica repetida: la capacidad de leer la pulpa en la palma de la mano, de escuchar el agua en la batea, de sentir cuándo el bastidor está recogiendo la cantidad correcta de fibra. Este conocimiento no se aprende leyendo. Se incorpora al cuerpo a través de la repetición, y solo cuando está incorporado —cuando ya no requiere atención consciente para ejecutarse— libera la atención para que pueda ir a donde realmente importa: observar lo que está pasando en ese momento específico, con esa pulpa específica, en esas condiciones específicas.

Dominar la técnica no es saber ejecutarla. Es poder dejar de pensar en ella para poder pensar en la fibra.


El sonido como criterio

En el proceso de nagashizuki — la formación de papel japonés con fibras largas y neri — hay un criterio sensorial que Larrea Jorquera señala como el foco de atención del papelero con años de práctica: el sonido que hace el agua cuando la pulpa es recogida de la batea y el bastidor inicia los movimientos de vaivén. Ese sonido, que varía según la temperatura del agua, la concentración del neri y la cantidad de fibra en suspensión, se convierte con la práctica en un diagnóstico: indica si la hoja va bien encaminada antes de que sea visible en la malla.

Este criterio sensorial no es místico ni intuitivo en el sentido de inexplicable. Es el resultado de haber visto miles de hojas y haber relacionado ese sonido con ese resultado. Es conocimiento empírico acumulado en el cuerpo. La diferencia con el criterio consciente-racional es solo de velocidad y de canal: el cuerpo procesa antes y diferente. Lo que la serie llama "juicio sensorial acumulado" cuando habla del punto final del batido es exactamente lo mismo aplicado a la formación.

La cápsula sobre el abacá señala que el momento en que termina el batido no tiene protocolo exacto — que quien trabaja evalúa la textura de la pulpa, su consistencia, cómo drena en la palma de la mano. Lo mismo vale para la formación, para el prensado, para el secado. En cada fase hay un momento de lectura que ningún manual puede codificar completamente y que solo la práctica instala.


El error como información, también en quien forma

"Por qué falla el papel" enseña a leer los síntomas del papel para encontrar la causa en el proceso. La misma lógica aplica en dirección inversa: cuando algo sale mal de forma sistemática en la formación —hojas irregulares, variaciones de grosor que no se explican por la fibra, cockling inesperado— la causa raramente está en el material y casi siempre está en la atención o en la postura.

Larrea Jorquera describe cómo en los primeros meses de práctica del nagashizuki, manos, brazos, bastidor y peso del agua se están descubriendo mutuamente — cada uno toma conocimiento del otro, de sus características y reacciones al conectarse. Ese proceso de ajuste mutuo es el aprendizaje real. Lo que se aprende no es una secuencia de pasos sino una relación. Y esa relación, una vez establecida, produce consistencia que ninguna instrucción escrita puede garantizar.

El error en esta fase no es un fracaso del proceso: es la señal de que la atención estaba en otro lugar, o de que algún elemento de la cadena —la concentración de la pulpa, la temperatura del neri, el estado de la malla— ha cambiado sin que quien trabaja lo haya registrado. El papel acusa todo movimiento incorrecto. Eso no es un problema: es una ventaja diagnóstica que ningún papel industrial tiene.


El autodidacta y sus límites

Larrea Jorquera describe cómo al encontrar a su mentor en 2005, después de años de práctica autodidacta, tuvo que deshacer el camino andado para corregir errores que como autodidacta no podía ver. Esa experiencia señala algo que la serie sobre papel de Bajo Presión formula de otra manera: el conocimiento que viene de la práctica sin referencia externa puede consolidar errores con la misma eficiencia con que consolida aciertos.

Las cápsulas de esta serie son, entre otras cosas, ese referente externo: explican por qué una fibra bien batida produce cohesión, de modo que cuando el papel no la tiene, quien trabaja pueda buscar la causa en el batido y no en la suerte. Pero la comprensión técnica no sustituye al contacto directo con alguien que haya resuelto ya los problemas que tú estás encontrando. La teoría y el mentor no son redundantes: se necesitan mutuamente.

Aprender solo a hacer papel produce papel. Aprender con alguien que ya sabe produce criterio. La diferencia es lo que puedes hacer cuando algo sale mal.


El papel como participante activo

Hay una consecuencia de todo lo anterior que Larrea Jorquera desarrolla en relación a su propia obra plástica y que tiene implicaciones para cualquier práctica artística que use el papel como soporte: a medida que quien trabaja desarrolla sensibilidad hacia el material, el papel deja de ser un soporte pasivo sobre el que se deposita una imagen para convertirse en un participante activo con voz propia.

Esto no es retórica. Es una descripción funcional de lo que ocurre cuando quien elige un papel lo elige con conocimiento de sus propiedades: gramaje, fibra, encolado, textura, comportamiento ante la humedad. Esas propiedades no desaparecen bajo la imagen — forman parte de ella, la modulan, a veces la contradicen. El papel de algodón sin encolar y la acuarela no están en el mismo plano: el papel participa en el resultado de maneras que el artista puede ignorar o puede capitalizar. Capitalizar requiere conocer el material. Conocer el material requiere haberlo trabajado, no solo haberlo leído.


Para reflexionar

¿Tienes criterios sensoriales propios para evaluar el estado de tu pulpa antes de ir a la tina? ¿Puedes leer la fibra por el tacto, el drenaje, el aspecto visual — o dependes de tiempos y proporciones sin saber qué estás buscando exactamente?

Cuando produces hojas inconsistentes, ¿buscas la causa en el material o también en tu propio estado de atención ese día? ¿Registras las condiciones en que trabajas — temperatura del agua, concentración de la pulpa, neri — de manera que puedas relacionar causa y resultado?

¿Hay alguien en tu entorno con más experiencia en papelería artesanal cuya práctica puedas observar directamente? ¿Qué diferencia existe entre leer un proceso descrito y verlo ejecutado por alguien que lo ha incorporado?

Esta cápsula dialoga con «Dos tradiciones, una decisión», «El abacá y la decisión del batido» y «Por qué falla el papel» del repositorio de Bajo Presión, y se lee junto al glosario de materiales y procedimientos como referencia de vocabulario. El concepto de nagashizuki y neri está desarrollado en la cápsula sobre kozo, gampi y mitsumata.

Y ha descrito qué ocurre en el cuerpo de quien hace papel: cómo el saber tácito se instala a través de la práctica repetida y por qué no puede documentarse completamente. La pregunta siguiente es qué implica eso para quien diseña el espacio de aprendizaje: qué condiciones concretas hacen posible que ese saber circule en vez de desaparecer. Esa pregunta la desarrolla «El juicio que no tiene protocolo: cómo diseñar para que el saber tácito circule».


Referencia: Larrea Jorquera, M.C. (2016). Kami-dō, experiencias en torno a la investigación, aprendizaje y práctica del arte, a través del papel hecho a mano. Tercio Creciente, 10, pp. 53-70.

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