¿Cómo existe un cuerpo si no deja una huella violenta sobre la superficie que habita? En esta obra me juego la existencia misma: ¡soy yo! Mi fuerza, mis anhelos, el derecho a hacerme visible como artista migrante frente a un entorno que tiende a hacernos transparentes, solo números, códigos digitales, todo dentro de un algoritmo.
Ensucié el papel y crucé la línea negra con la urgencia del trazo a mano. Rechacé la pulcritud de lo puramente digital para volver al taller, a la fricción y al error. Elegí el soporte analógico: el dibujo, la línea, mi lenguaje. Mi migración no ha sido un viaje limpio, capas y capas de vivencias en este transcurrir aquí, líneas y esquemas en mi trasegar; es un proceso roto y manchado, y de reconstrucción. Dejé que el agua y el pigmento corrieran a su antojo: el azar aquí no es un accidente, es mi método para ocupar el espacio que quiero habitar.
El papel hecho a mano, poroso y crudo, absorbe la tinta violeta como una herida. Encima, la tinta negra clava mi gesto y mi caligrafía, apresando versos sobre el encierro y el cuerpo. La materia dice lo que yo no puedo gritar: retiene mi vulnerabilidad pero también mi terquedad.
Lo que callo es el peso de ser extranjero, la lentitud de procesos burocráticos, esa censura silenciosa que te exige encajar y esperar con paciencia extrema. Me agarro de ese silencio saturando el texto, volviéndolo inaccesible, dejando que la mancha cubra lo que duele decir de frente, lo que ahoga, lo que libera.

