En Cacaotal me interesa lo que permanece en un territorio aun cuando ya no podemos verlo. Miro el árbol de cacao y pienso en él no solamente como árbol o paisaje, sino como un cuerpo que guarda memoria. Sus frutos, su corteza, sus raíces y la tierra que lo rodea contienen tiempos que se superponen: el pasado colonial, el trabajo de quienes cultivaron esta tierra y las estructuras económicas que continúan transformándose en el presente.
Partí de una fotografía que tomé en uno de mis viajes a la región donde crecí, y esta la llevé al heliograbado. Grabé la imagen en la plancha, la entinté y la imprimí sobre papel BFK Rives. Elegí este proceso porque me permite transformar la fotografía y alejarla de su función documental. En la impresión, algunas zonas permanecen reconocibles mientras otras se hunden en el negro, pierden detalle o parecen desaparecer. Esa tensión entre lo visible y lo oculto es parte esencial de mi obra.
No quise representar literalmente la violencia asociada a la historia del cacao. No aparecen cadenas ni cuerpos esclavizados. Ese es el silencio de la imagen. Lo rodeo a través de las sombras, las texturas, la fragmentación y la presencia del árbol como testigo. Pienso en la memoria de la misma manera: no como una narración completa, sino como fragmentos que sobreviven, se desplazan y reaparecen.
El fruto también contiene una contradicción. El cacao sale de estos territorios, cruza fronteras y océanos y se convierte en dulzura en otras geografías, mientras su origen carga historias mucho más complejas.
Para mí, Cacaotal es una cartografía de esas presencias y ausencias. No intento reconstruir una historia completa. Me interesa dejar abierta la posibilidad de mirar el territorio de otra manera y preguntarnos qué historias continúan creciendo allí, incluso cuando no podemos verlas.

