Un país puede depender del trabajo de unas manos y, a la vez, no querer oír la voz de esas manos. Esta pieza responde a América está en el corazón, de Carlos Bulosan, y a los jornaleros filipinos que levantaron cosechas en Estados Unidos mientras se les mantenía invisibles.
No quise ilustrar esa historia: quise que el papel la tuviera en el cuerpo. Compuse el texto a mano, letra a letra —handset—, porque reclamar una voz empieza por poner la mano donde estuvo. Dejé que la impresión saliera desigual, con repeticiones y texturas gastadas, como sale el trabajo cuando se repite hasta el agotamiento. Sobre papel Fabriano combiné la tipografía con el inkjet, lo hecho a mano y lo mecánico: también esa es la tensión entre el jornalero y la máquina que lo sustituye.
La materia habla de fatiga y de aguante a la vez. Cada impresión imperfecta es una jornada; cada repetición, una espalda. No busqué la estampa limpia: busqué la que se nota trabajada.
Lo que callo no lo callo yo: lo callaron el racismo, las leyes laborales, el control de quien reparte lo visible. Por eso entiendo el silencio de esta obra no como un vacío, sino como algo que alguien impuso y que aquí devuelvo a la superficie.
No cierro con una respuesta. Dejo las voces asomando entre las capas, para que la tierra que se las tragó tenga que devolverlas.

