Vivo pendiente de una orilla. Es un pequeño cabo del Golfo de California, en Sonora, donde la marea escribe y borra dos veces al día y nada queda igual de una mañana a la siguiente. Llevo años volviendo a ese lugar: documento el ir y venir del agua, hablo con los pescadores, camino la playa buscando lo que la marea deja. De ahí sale esta pieza, no del taller.
La obra nace de los Barabajan Poems de Kamau Brathwaite y de su idea de tidalectics: una forma de pensar que no avanza en línea recta hacia una conclusión, como la dialéctica que aprendimos, sino que sube y baja como el agua. El poema remueve la relación entre lo humano, lo no humano y el mar, y quise que el papel hiciera lo mismo.
Trabajé con dos papeles hechos a mano y dos gestos opuestos. Sobre el algodón dejé actuar la cianotipia: la luz y la humedad deciden buena parte de la imagen, y yo cedo el control, como se cede ante la marea. Sobre el lino imprimí a tipografía, letra a letra, colocando cada pieza con la mano. Lo que se entrega al azar y lo que se calcula, conviviendo en el mismo pliego, sin que ninguno gane.
Lo que callo es la línea firme entre lo humano y el mar, esa frontera que damos por segura. La dejo disolverse a propósito: en la humedad del papel, en la tinta que corre, los cuerpos y el agua dejan de estar a cada lado.
No busco una imagen del mar. Busco que el pliego se comporte como una orilla: que junte y separe, que no fije nada, que obligue a mirar dos veces. Que la orilla no separe: que cosa.

