La palabra sutura es lo primero que me mueve a investigar su origen y significado; qué es lo que tengo que decir desde esta acción, porque al parecer siempre voy de costurera de las cosas, de imágenes, de situaciones y de intuiciones. La sutura es algo que he aprendido con la vida. Volver a juntar y cicatrizar las cosas, y entonces a partir de esto me pregunto cuánto hemos tenido que reunir y reparar para seguir adelante. El diálogo del grabador, del artista y del poeta en este reunir partes, el «costurear» incluso aquello que nos duele, pero que es necesario para construir algo más significativo y profundo.
Si voy por partes, creo que primero el hacer papel japonés es crear un tejido que también sirve para unir y reparar. Es crear una delicada lámina muchas veces, silenciosa, delicada pero resistente. Digo esto último porque para transformarlo en el hilo que luego tejo, lo corto, amaso, enrosco, y el papel se entrega a ese movimiento, fluye en este torcer de la rueca. Con este hilo coso el papel. Algo redundante tal vez, coser papel con hilo de papel. Pero así como reparo, sobre lo que ha sido roto, quitado, negado. El acto de coser es meditativo, hilvanando punto a punto una imagen que me va contando sus reflexiones, que en realidad son las mías, y voy orbitando entre lo que se va alojando en el cuerpo del dibujo femenino y lo que siento han sido focos de resistencias latentes como grupo, como tribu, como artistas mujeres que tienen algo que decir, denunciar, divulgar.
Las alas gofradas de la mujer son símbolos de algo que está latente pero que aún no emergen, la impresión en positivo y en negativo, insistiendo en un posible reinado como dice el poema de Gabriela Mistral.

