Cartografía de un origen común

Jim Lorena

Impresión digital y serigrafía sobre papel hecho a mano de mitsumata con pulp painting.

Jaén · España

Cartografía de un origen común. La imagen como sutura de la memoria.

El territorio nunca ha sido una superficie neutra. Antes de convertirse en frontera fue recorrido; antes de ser cartografiado fue habitado; antes de adquirir un nombre fue memoria. En Cartografía de un origen común, el mapa no representa el mundo, sino que lo reconstruye como un espacio de relaciones donde materia, escritura y símbolo se entrelazan para recordar que la historia humana no comienza con la separación, sino con el encuentro.

El papel no funciona únicamente como soporte ni como metáfora del territorio. Es un espacio de inscripción donde memoria, escritura, cartografía y materia se transforman unas en otras. La obra no presenta dos imágenes independientes, sino dos modos de acceder a una misma memoria. El anverso despliega el territorio, el poema y la historia compartida; el reverso condensa esa experiencia en un campo de signos donde el mapa desaparece para dar paso al lenguaje. El tránsito entre ambos planos refuerza las nociones de desplazamiento, cartografía y memoria que atraviesan la investigación.

El mapa no ocupa el centro como representación geográfica, sino como huella. Desdibujado y casi sedimentado en el papel, aparece como una masa continental en proceso de surgir o desaparecer. No remite tanto a una frontera política como a un territorio entendido como memoria.

La incorporación del poema manuscrito de Juan Manuel Barrado no es un elemento ilustrativo, sino una presencia material, casi una segunda piel. La escritura actúa como un estrato arqueológico que atraviesa el mapa como memoria íntima. No se lee inmediatamente: primero se percibe como dibujo y después como lenguaje.

A su alrededor aparecen grafismos inventados que no remiten a un alfabeto histórico concreto. Evocan signos protohistóricos, letras, pictogramas o marcas rituales sin convertirse plenamente en ninguno de ellos. Las formas blancas funcionan como vacíos o reservas de papel, como una escritura silenciosa que recorre la superficie.

El ciervo rojo introduce otra dimensión temporal. Remite al arte paleolítico, pero reducido casi a un signo, evitando la cita arqueológica literal. Las formas rojas de la derecha evocan fragmentos óseos, utensilios, semillas o piezas cerámicas, manteniendo abierta su interpretación.

La sutura es, finalmente, metáfora y estructura compositiva. La línea negra, interrumpida por travesaños, organiza el equilibrio de la obra como un eje vertebral. No cose una herida física, sino un espacio simbólico. Es más un injerto que una costura: no oculta la fractura, sino que la hace visible. La sutura permite así que elementos procedentes de tiempos, culturas y lenguajes distintos convivan en una misma superficie.

Procedimiento ·Serigrafía e impresión digital sobre papel hecho a mano de mitsumata con un detalle en pulp painting con plantilla, la sutura. El mapa, el poema y el reverso se han impreso en digital. Los signos blancos, negros y rojos del anverso, en serigrafía. La composición de la obra la realicé en un dibujo. Los dibujos sueltos los fotografié y los pasé a Photoshop. Allí creé un archivo con la dimensión original de la obra y fui adaptando los elementos al tamaño. Una vez acabada la composición de dibujos, apliqué la información de color. Finalmente separé las capas por color. Esta información la mandé a Jaén Edita para ir pensando en los pasos siguientes, qué partes iban en impresión digital y cuáles en serigrafía. Al llegar al taller fabriqué el papel de mitsumata, 6 formas aplicándoles la sutura de color negro con plantilla, una técnica de pulp painting. Una vez los papeles secos, los pasé por el tórculo, entre dos elementos sólidos y lisos para que alisaran y surgiera el tono nacarado del mitsumata. El siguiente paso fue la impresión digital. Mientras se insolaron tres pantallas de serigrafía, motivos blancos, motivos negros y motivos rojos, con los fotolitos. Se serigrafiaron primero los blancos, una vez secos, los negros y finalmente los rojos. El proceso acabó con la impresión digital del reverso.

Plegado · 22 × 32 cm cerrado

Desplegado · 68 × 33 cm

2026

Edición de 6

La trayectoria de Jim Lorena se articula como un proceso continuo de investigación en torno al papel, el libro de artista y las narrativas materiales. Su formación transnacional, iniciada entre Tánger y Sevilla y ampliada en París (Université Paris I Panthéon-Sorbonne), configura una mirada híbrida donde convergen tradición, experimentación y pensamiento crítico sobre los soportes de la creación. Licenciada en Bellas Artes y en Artes Plásticas y Ciencias del Arte, su práctica se ha nutrido tanto del ámbito académico como de la experiencia profesional en contextos diversos, desde la pintura escenográfica en productoras cinematográficas en París hasta la restauración patrimonial en Sevilla. Este tránsito entre disciplinas ha sedimentado una concepción expandida de la imagen, entendida como espacio de cruce entre lo matérico, lo simbólico y lo narrativo. Desde finales de los años noventa, su investigación se centra en el libro de artista y el paper art, campos en los que ha desarrollado una intensa labor como creadora, docente y mediadora cultural. Cofundadora de redes pioneras en el ámbito iberoamericano del libro de artista y coeditora de plataformas digitales especializadas, su trabajo ha contribuido a la consolidación de comunidades de práctica y reflexión en torno a la edición de arte y los procesos colaborativos. Su obra, presente en exposiciones nacionales e internacionales, se despliega en formatos que oscilan entre lo bidimensional, lo escultórico y lo instalativo. A través de técnicas como la fabricación manual de papel, la estampación y la incorporación de materiales orgánicos o reciclados, Lorena construye piezas que funcionan como cartografías íntimas: registros de memoria, identidad y experiencia. Proyectos como Arqueología de la expresión o El campito romano de Tánger evidencian una poética de la búsqueda, donde lo visible convive con lo latente y lo fragmentario. Paralelamente, su labor pedagógica —desarrollada en universidades, museos y centros de arte en Europa y América Latina— se configura como una extensión natural de su práctica artística, entendida como transmisión de procesos más que de resultados.