Las disposiciones: la postura ante el repertorio

El repertorio no actúa solo. Puede estar presente —incorporado, disponible, activo en el cuerpo y en el juicio del practicante— y sin embargo permanecer estático. Hay artistas con décadas de práctica cuyo trabajo apenas se mueve: no porque su repertorio sea pobre sino porque la relación que mantienen con él ha dejado de ser viva. El repertorio se convierte en hábito, y el hábito, cuando no se interroga, en armadura.

Lo que determina si el repertorio se despliega o se congela, si se actualiza o se repite, si se cuestiona desde dentro o se defiende desde fuera es la disposición. Si el repertorio es lo que la práctica ha construido, la disposición es la postura que el practicante mantiene ante lo que ha construido: si lo explora, si lo transmite, si lo desafía, si lo reproduce. Estas no son categorías de carácter ni etiquetas de personalidad. Son posiciones que se adoptan —con más o menos consciencia— y que determinan lo que el repertorio puede producir.

Entender la distinción importa más de lo que parece. Un ecosistema puede tener un repertorio extraordinariamente rico y, sin las disposiciones adecuadas para activarlo, no llegar a producir nada que exceda lo que ya ha producido. Y un practicante puede tener disposiciones muy activas —curiosidad, apertura, capacidad de experimentar— y, sin el repertorio que les dé sustancia, quedarse en la improvisación superficial. Repertorio y disposición son los dos polos de una misma tensión: ninguno funciona sin el otro.

Por qué no basta con llamarlo actitud ni talento

La lengua cotidiana usa «actitud» y «disposición» casi como sinónimos. Pero la actitud, en sentido estricto, es una orientación afectiva: me gusta o no me gusta, me atrae o me repele, tengo entusiasmo o no lo tengo. La disposición, tal como la entendemos aquí, es algo más específico y más operativo: la capacidad —construida, no innata— de adoptar cierta posición respecto al propio repertorio y de actuar desde ella.

Y tampoco es talento. El talento, en el uso habitual de la palabra, designa algo que se tiene o no se tiene, algo que precede a la formación y que la formación solo puede desarrollar si ya estaba ahí. La disposición es lo contrario de eso: es precisamente el resultado de la formación, de la práctica deliberada, de la atención sostenida. Se cultiva. Y cuando no se cultiva, se atrofia.

El concepto más cercano en la tradición filosófica es el habitus de Bourdieu —el sistema de disposiciones duraderas que estructuran las prácticas y las percepciones—, pero con una diferencia relevante: mientras el habitus bourdieusiano tiende a operar de manera inconsciente y a reproducir las condiciones de su propia producción, las disposiciones tal como las entiende la estética modal pueden ser objeto de reflexión y de intervención deliberada. No son destino: son posición, y las posiciones se pueden cambiar.

El mecanismo: la disposición como capacidad de actualización

La función central de las disposiciones es la actualización del repertorio: la capacidad de activar lo que la práctica ha construido en respuesta a una situación nueva, de encontrar en el propio repertorio los recursos para enfrentarse a lo que no estaba previsto.

Este mecanismo tiene un corolario que importa: la actualización no es reproducción. Cuando el repertorio se actualiza, no se repite: se pone en juego en un contexto específico y, al hacerlo, se transforma ligeramente. Cada vez que el grabador experimenta con un proceso que conoce bien pero en condiciones distintas, el repertorio se modifica. La disposición que permite este movimiento es la que mantiene al repertorio vivo: la que evita que se cristalice en rutina.

La disposición también puede operar en sentido contrario: no actualizando el repertorio sino cuestionándolo. Hay momentos en que la pregunta productiva no es «¿cómo aplico lo que sé a esta situación?» sino «¿por qué sé lo que sé? ¿qué supone lo que doy por sentado?». Esta disposición más crítica —la que interroga los fundamentos en lugar de aplicarlos— no es la más frecuente ni la más cómoda, pero es la que permite que el repertorio se renueve en lugar de simplemente acumularse.

Y hay una tercera operación que las disposiciones habilitan: la transmisión. La disposición para transmitir el repertorio no es trivial. No es lo mismo saber hacer algo que saber cómo hacer para que otro sepa hacerlo. La transmisión del repertorio encarnado —del saber que reside en el cuerpo— requiere un tipo de atención específico: la capacidad de hacer visible lo que habitualmente opera de manera invisible, de encontrar las palabras para lo que normalmente no las tiene, de identificar el momento en que la intervención directa enseña más que cualquier explicación.

Tipos de disposición

Las disposiciones no son una categoría única. Hay al menos cuatro tipos que operan en los ecosistemas de práctica, y su presencia o ausencia determina de maneras muy concretas lo que el ecosistema puede producir.

La disposición receptiva es la capacidad de ser afectado: de dejar que el mundo —los materiales, los procesos, el trabajo de los demás, las ideas— entre y modifique lo que ya está construido. No es pasividad: es permeabilidad activa. Un ecosistema que ha perdido la disposición receptiva produce sin recibir; trabaja con lo que ya tiene sin dejarse interpelar por lo que viene de fuera. La calcificación del repertorio empieza, con frecuencia, por la pérdida de esta disposición.

La disposición productiva es la capacidad de poner el repertorio en movimiento, de transformar lo que se sabe en obra. No todos los repertorios ricos producen trabajo rico: hace falta la disposición que convierte el potencial en acto. Esta es la disposición que más fácilmente se identifica con el talento, y por eso es la que más tiende a mitificarse. Pero es también la más dependiente del paisaje: un ecosistema que no puede sostener las condiciones para la producción —tiempo, recursos, reconocimiento— erosiona esta disposición aunque el repertorio esté intacto.

La disposición crítica —la que interroga los fundamentos del propio repertorio— es la menos cómoda y la más necesaria para la renovación. No puede ser permanente: un ecosistema en disposición crítica continua se deshace. Pero sin ella, el repertorio se reproduce sin revisión y la práctica pierde la capacidad de responder a los cambios del paisaje. La disposición crítica es la que permite que la memoria y la revuelta coexistan en el corredor vibrante.

La disposición transmisora es la capacidad de hacer circular el repertorio: de identificar qué vale la pena conservar, cómo transformarlo en algo que otro pueda aprender, cómo crear las condiciones para que la transmisión sea real y no solo nominal. En los ecosistemas de práctica, esta disposición es la que garantiza la continuidad. Cuando se pierde —cuando los practicantes con más repertorio no tienen la disposición ni el espacio para transmitirlo— el ecosistema puede seguir produciendo mientras sus miembros fundadores estén activos, pero no puede renovarse.

Disposición

Función principal

Síntoma de su ausencia

Riesgo de su exceso

Receptiva

Permeabilidad al exterior

Clausura, repetición

Dependencia, falta de voz propia

Productiva

Transformar repertorio en obra

Potencial sin actualizar

Producción sin reflexión

Crítica

Revisar los fundamentos

Calcificación del repertorio

Parálisis, dispersión

Transmisora

Hacer circular el repertorio

Fragilidad, pérdida de memoria

Control, autoritarismo pedagógico

 

Disposiciones bloqueadas y disposiciones fingidas

No todas las disposiciones que un ecosistema necesita están siempre disponibles. Hay dos formas de disfunción que conviene distinguir porque tienen causas —y soluciones— diferentes.

Las disposiciones bloqueadas son aquellas que existen como potencial pero que el paisaje impide actualizar. Un practicante puede tener la capacidad de experimentar, de cuestionar, de transmitir, y vivir en un ecosistema que no crea las condiciones para que esas disposiciones se activen. La falta de tiempo, la presión por producir obras vendibles, la ausencia de un interlocutor que responda: son formas de bloqueo que no residen en el practicante sino en las condiciones de su práctica. Cuando se habla de «falta de motivación» sin haber preguntado qué condiciones rodean la práctica, se tiende a confundir disposición bloqueada con disposición ausente.

Las disposiciones fingidas son más difíciles de diagnosticar porque producen apariencias que confunden. Un ecosistema puede declarar que tiene disposición crítica —que se cuestiona a sí mismo, que está abierto a la renovación— sin que esa declaración corresponda a ninguna práctica real. Las revisiones de proceso que no producen ningún cambio, las conversaciones sobre la identidad del taller que siempre concluyen confirmando lo que ya se hacía, las aperturas a lo nuevo que se cierran en cuanto lo nuevo amenaza lo establecido: son síntomas de disposición fingida. No hay mala fe necesariamente: hay un repertorio que habla de la disposición pero que no la ha incorporado.

Un taller puede declarar que se cuestiona a sí mismo sin que esa declaración corresponda a ninguna práctica real. La disposición no es lo que se dice sobre ella: es lo que se hace cuando la disposición es incómoda.

La autoformación como cultivo de disposiciones

Este cMOOC parte de la idea de que la formación en las artes gráficas no puede ser solo técnica. Una de las razones por las que no puede serlo es esta: la técnica puede enseñarse desde fuera, pero las disposiciones solo pueden cultivarse desde dentro.

Nadie puede darte la disposición receptiva: puede crearse un entorno donde esa disposición se active, donde haya algo que valga la pena recibir y donde exista el espacio para ser afectado por ello. Nadie puede darte la disposición crítica: puede abrirse una práctica colectiva de revisión que haga que esa disposición se ejerza. Nadie puede darte la disposición transmisora: puede construirse una cultura de taller donde la transmisión sea valorada y donde quien la ejerce tenga recursos y reconocimiento para hacerlo. En todos los casos, la condición de posibilidad la crean el ecosistema y el paisaje; la disposición la construye el practicante.

La autoformación —uno de los conceptos centrales de este cMOOC desde su introducción— no es la formación solitaria ni la formación sin guía. Es la formación que cada practicante construye desde su repertorio y sus disposiciones actuales, en diálogo con otros practicantes y con los recursos que la comunidad de práctica pone en circulación. El c de cMOOC —connected, conectado— señala exactamente eso: que la autoformación no funciona en el aislamiento, sino en la red de conexiones que un ecosistema vivo puede sostener.

Cultivar las disposiciones no es una tarea que se complete. No hay un punto en que el practicante llega a tener «la disposición correcta» y puede dejar de prestar atención. Las disposiciones se construyen, se erosionan, se bloquean, se recuperan. Son, en este sentido, el termómetro más sensible del estado de un ecosistema de práctica: cuando las disposiciones de sus miembros se empobrecen —cuando la permeabilidad se cierra, cuando la capacidad de cuestionarse desaparece, cuando nadie transmite porque nadie tiene tiempo ni reconocimiento para hacerlo— el ecosistema empieza a deteriorarse antes de que ningún otro indicador lo muestre.

La herramienta que permitirá poner en relación el repertorio y las disposiciones con el resto del ecosistema —con el espacio, las prensas, los cuerpos, las redes, los conflictos— es la gramática del aguisamiento, que el Bloque II de este cMOOC desarrollará pieza a pieza. Conviene llegar a ella habiendo entendido por qué se necesita: porque un ecosistema de práctica no se puede diagnosticar solo con inventarios de lo que tiene, sino con la comprensión de cómo lo que tiene se relaciona, se bloquea o se potencia. El repertorio y las disposiciones son los dos conceptos que hacen posible esa comprensión.

 

Para reflexionar

¿Cuál de las cuatro disposiciones —receptiva, productiva, crítica, transmisora— está más activa en tu práctica ahora mismo? ¿Cuál está más bloqueada? Si identificas una disposición bloqueada, ¿puedes señalar qué condición del paisaje que rodea a tu práctica es responsable de ese bloqueo? ¿Qué cambiaría en el ecosistema si esa disposición se activara? Lleva estas preguntas al grupo de Telegram de Bajo Presión.