La vida social de los monstruos: modos de la imaginación política
Basado en el ensayo de Jordi Claramonte ArrufatEn el pensamiento político contemporáneo, la distinción fundamental suele ser, siguiendo a Carl Schmitt, la que separa al amigo del enemigo. Sin embargo, existe una figura que complica y enriquece esta relación: el monstruo. Según Jordi Claramonte Arrufat en su artículo «La vida social de los monstruos», estos no son meras criaturas de ficción o errores de la naturaleza, sino dispositivos relacionales que definen los alcances de nuestra agencialidad y las escalas de la amenaza que enfrentamos como sociedad.
¿Qué es, políticamente, un monstruo?
Para Claramonte, un monstruo es una «figuración de relaciones» que pone en jaque nuestra cohesión interna. Esta cohesión no es un concepto abstracto; equivale al equilibrio concreto entre acciones y pasiones que nos define y nos permite mantenernos vivos sin entrar en dinámicas de servidumbre o acomodación vergonzante. Perder esta cohesión es, en términos políticos, una forma de muerte.
El monstruo no se relaciona con nosotros de cualquier manera: tiene su estilo propio. El «estilo» es aquí una modulación específica empeñada en amenazar, atenazar y disminuir nuestra potencia de obrar. En este sentido, el autor prefiere hablar de monstruosidades antes que de monstruos, subrayando que la amenaza nunca es un personaje aislado, sino un conjunto de interacciones entre: el asustador, los asustados y los escenarios donde se produce el miedo.
Los cuatro órdenes de la monstruosidad
El artículo propone una taxonomía que clasifica las amenazas según su escala, su nivel de intervención y su modo de «quehacer» operacional:
- Monstruos aristocráticos (el que comparece): Representados por figuras como Drácula, King Kong o la Momia. Son individuos eminentes, altamente individualizados y temibles por su sola presencia física. En este modo político, la amenaza es personalizada y narcisista; el monstruo cuida su «comparecer» con trucos y escenografías. La consecuencia política es clara: la amenaza desaparece con la neutralización física y espectacular del líder o del individuo excepcional.
- Monstruos de masas (el que se amontona): Aquí la amenaza ya no es el individuo, sino la muchedumbre inerte, la «masa» que nos arrolla por su peso muerto y su número. Los zombis, los marcianos o la «multitud» temida por Ortega y Gasset son los ejemplos clave. Estos monstruos asustan por su capacidad inercial para devorarnos o transformarnos en parte del montón, eliminando cualquier rastro de individualidad o pensamiento selecto.
- Monstruos endógenos (el que se desborda): Es la amenaza que surge desde dentro de un organismo que se suponía estable y jerarquizado. Ejemplos de esto son el Alien cinematográfico, el cáncer o el terrorismo que habita entre nosotros. Su eliminación pone en graves aprietos la compacidad del cuerpo social; al igual que una quimioterapia agresiva o una ley antiterrorista extrema, el remedio puede llegar a destruir el organismo que intenta salvar al tratar de extirpar lo que ya forma parte de él.
- Monstruos experienciales (el que se obceca): Es el grado más complejo y contemporáneo, donde la monstruosidad se instala en los procesos sensibles y cognitivos mismos. Aquí, el sujeto ya no puede distinguir entre la realidad y la amenaza porque el «adentro» ha sido colonizado. Películas como The Game, Cube o The Truman Show ilustran este escenario donde la experiencia misma pierde su validez como herramienta de conocimiento, convirtiendo la política en un espectáculo de clausura e inestabilidad perceptiva.
La estética de la amenaza: del arcaísmo al barroco
Claramonte vincula estos tipos de monstruos con las fases de la historia de las formas artísticas, sugiriendo que la política sigue una evolución inmanente de definición y redefinición:
- Lo arcaico (aristocráticos): El monstruo es una criatura natural, aunque excepcional. Proviene de la etimología monstrare (mostrar): es el enemigo vencido que se exhibe como trofeo para demostrar que el orden ha sido restaurado.
- Lo clásico (de masas): Representa el triunfo de lo artificial y civilizatorio sobre lo natural. El Leviatán de Hobbes es el ejemplo máximo: un «hombre artificial» de mayor estatura y fuerza que el natural, creado para domesticar a la «hidra de mil cabezas» que es la multitud. Lo clásico aquí es el producto de una técnica que busca la estabilidad a través de un cuerpo colectivo unificado.
- Lo manierista y barroco (endógenos y experienciales): En estas fases, la distinción entre lo natural y lo artificial se rompe definitivamente. El manierismo introduce lo «artificial en lo natural» (el parásito en el cuerpo), mientras que el barroco nos sumerge en lo «natural en lo artificial» (el ser humano atrapado en una simulación). En términos políticos, esto implica la pérdida de fe en la lucidez de los sentidos y en la capacidad de la ciudadanía para actuar sobre una realidad que se percibe como ilusoria.
Conclusión: hacia una teoría de los paisajes
El artículo concluye que la filosofía política debe trascender el estudio del miedo individual para constituirse como una teoría de los paisajes. Un paisaje no es un simple recipiente geográfico, sino una «matriz de conflictos posibles» y un ecosistema relacional productivo.
Entender cómo mutan nuestros monstruos es, en realidad, entender cómo cambian nuestros escenarios de acción y cómo se modifican los sistemas prácticos que los habitan. Al final, los monstruos que nuestra imaginación política genera no solo revelan nuestras pesadillas, sino que actúan como espejos que reflejan el equilibrio de poder, la salud de nuestra capacidad de agencia y la forma en que decidimos, colectivamente, resistir a la cancelación de nuestra propia cohesión interna.
