Tóner e inyección: cómo se forma la imagen y cuándo conviene cada una

Las dos hojas salen del mismo archivo y del mismo botón de imprimir. Dentro de la máquina, en cambio, pasan cosas muy distintas. En una, la electricidad coloca un polvo. En la otra, un cabezal dispara gotas.

Saber cuál de las dos tienes delante no es una curiosidad técnica. Decide el papel que puedes usar, lo que aguanta la hoja si la doblas o la mojas, y cuánto te cuesta cada ejemplar.

Dos maneras de poner color sin matriz

En «Dónde está la tinta» dejamos la impresión digital en el grupo de lo que no tiene matriz. No hay plancha que entintar ni pantalla que abrir: la imagen va del archivo al papel.

Eduardo Zamarro —en su tesis sobre la inyección de tinta como herramienta artística— repasa muchas familias de impresora, de la matricial a la de papel fotográfico. En el taller y en la copistería te vas a encontrar sobre todo con dos: la de tóner —que llamamos láser— y la de inyección de tinta.

El tóner: un polvo que la electricidad coloca

Zamarro describe la impresora láser como «una fotocopiadora sin sistema de captura de imagen»: en lugar de leer un original, recibe la imagen del ordenador. Las impresoras de LED funcionan igual; solo cambia la fuente de luz. Hewlett-Packard la lanzó en 1984, con una tecnología desarrollada por Canon (Zamarro, p. 104).

El proceso tiene tres tiempos. Una luz dibuja sobre un tambor cargado de electricidad una imagen latente, que todavía no se ve. El tambor pasa por el depósito de tóner, un polvo muy fino que se queda donde está la imagen. Después el polvo pasa al papel y se fija con calor y presión.

¿Qué es ese polvo? Granos de pigmento envueltos en una resina que se funde con el calor; según González Vázquez, empieza a fundir a partir de unos 80 °C.

En color hay un tóner por cada tinta de la cuatricromía. Las primeras láser daban una pasada por color; las modernas llevan los tóneres en línea y cargan varios colores a la vez.

Hay también un tóner líquido. Las prensas HP Indigo usan partículas cargadas en un líquido que una mantilla caliente funde en una película, al modo del offset.

Eugenio Vega, en sus apuntes, añadía dos cosas sobre su relación con el offset. Los pigmentos del tóner solo podían aproximarse a la norma del offset —la SWOP estadounidense—, pero unos rodillos de presión sobre el tóner le daban un aspecto más parecido. Y como el tóner no tiene ganancia de punto, cuando se usaba para simular un acabado de offset, la máquina podía representarla.

El tono se construye con trama, como en el offset. Grabowski y Fick dan una cuenta sencilla: una láser a 1.200 puntos por pulgada imprime bien una trama de 75 líneas. Las prensas de tóner de hoy llegan mucho más lejos; la Ricoh Pro C7200, por ejemplo, anuncia 2.400 × 4.800 puntos por pulgada.

La inyección: gotas que salen de un cabezal

La idea es más antigua de lo que parece. Zamarro recuerda que Rayleigh describió los fundamentos en 1878, y que en 1951 Elmqvist, de Siemens, patentó la primera máquina basada en ellos. Existía en los años ochenta, pero no se popularizó hasta los noventa, cuando mejoró la calidad y bajó el precio (Zamarro, pp. 115-118).

En la inyección no hay tambor ni polvo. La tinta sale por unas boquillas agrupadas en cabezales. Un motor lleva el cabezal de lado a lado y otro hace avanzar el papel, franja a franja.

Zamarro separa dos cosas que a veces se confunden. El número de boquillas da la velocidad. El tamaño de las boquillas y el de la gota —que se mide en picolitros— dan la definición. Algunas máquinas cambian el tamaño de la gota sobre la marcha y mejoran así la calidad.

Las impresoras de taller y de oficina trabajan por gota bajo demanda: cada gota sale cuando hace falta, empujada por una burbuja de calor o por una pieza piezoeléctrica que cambia de forma. Hay otro sistema —el de chorro continuo— en el que las gotas se cargan y un campo eléctrico las desvía; se usa sobre todo en la industria.

La inyección empezó en blanco y negro y pasó pronto a la cuatricromía. Hoy hay máquinas de seis colores o más, que suavizan los pasos de un color a otro. Para el blanco y negro hay juegos de tintas grises neutras. Zamarro explica por qué: cuando el gris se hace mezclando colores, la escala de grises del archivo se reduce mucho al imprimir y aparecen problemas de metamerismo. Hay también tintas blancas, oro y plata.

Las que se quedaron por el camino

Entre el tóner y la inyección hubo —y en parte hay— otras maneras de poner color sin matriz. Zamarro las repasa en su tesis, y conocerlas ayuda a leer etiquetas antiguas y a entender por qué ganaron las dos de hoy.

  • Impacto. Las primeras impresoras golpeaban el papel, como una máquina de escribir. Por eso son las únicas que imprimen en papel autocopiativo (p. 94).
  • Plotter de plumillas. Recorría el papel con plumillas de distintos calibres y colores; se usó para planos de arquitectura e ingeniería (p. 97). Hoy la palabra plotter se usa sobre todo para las máquinas de corte.
  • Térmica. En la monocroma, el color está en el propio papel, que reacciona al calor, y su permanencia «es muy limitada» (p. 100). La termoautocromática usa un papel con tres capas sensibles a temperaturas distintas —fijadas con ultravioleta— y da un aspecto fotográfico con «una alta resistencia al paso del tiempo» (pp. 101-104).
  • Sublimación. La tinta pasa de sólido a gas desde unas hojas de color, con un calentamiento gradual que da tono continuo. Es cara y de altísima calidad, y se usaba sobre todo para fotografía profesional (p. 108).
  • Cera térmica. Un cabezal térmico funde una cinta con cera de los cuatro colores. Es lenta y de baja resolución (p. 109).
  • Tinta sólida. Casi exclusiva de Tektronix: funde pastillas de cera de color en un tambor y las pasa al papel de una sola pasada, en casi cualquier papel (p. 111).
  • Cromogénica. No es una impresora sino una ampliadora digital, que expone papel fotográfico desde un archivo. De ahí nombres como C-Print o Lambda (pp. 113-114).

De todas ellas, la de tóner y la de inyección son las que han llegado al taller y a la copistería.

Dos tintas para la inyección: pigmento o colorante

Grabowski y Fick lo dicen claro: la duración de una impresión digital depende de la inalterabilidad ante la luz de la tinta. Y la tinta puede ser de pigmento o de colorante.

A veces la tinta va con la máquina, y entonces esa elección se hace al comprar la impresora y no al imprimir. Zamarro destaca los equipos de inyección pensados para obra, con una calibración del color muy precisa y «gran permanencia cromática».

Del tóner también hay algo que decir. El Image Permanence Institute explica que sus impresiones son razonablemente estables, porque son partículas de pigmento fundidas al papel con un polímero duradero. Y resume la comparación así: bien guardada, la inyección de colorante dura como una copia fotográfica tradicional, y la de pigmento y el tóner en color, todavía más. La misma guía pide desconfiar de las promesas de años de duración: casi todas salen solo de pruebas de luz, y una hoja también se estropea por el agua, el calor, la humedad o el aire.

Si vas a combinar la impresión con una estampa a mano y tienes que humedecer el papel, necesitas tintas que, una vez secas, no se disuelvan en agua. Lo contamos en «La estampa digital».

Con el agua pasa lo mismo: según el Image Permanence Institute, la inyección de pigmento resiste relativamente bien el agua —incluso en papel normal— y la de colorante no.

Qué papel va con cada tinta, en «Papel y tinta para inyección».

Lo que cambia en el papel

La inyección acepta casi cualquier cosa. Grabowski y Fick hablan de papeles fotográficos brillantes o mates, de papeles artísticos que funcionan sin preparación si son lisos y están bien encolados, y de papeles con un recubrimiento receptivo —que evita que la tinta se absorba y se corra—. Con ese recubrimiento el color sale más intenso y saturado.

Se imprime también sobre film y transparencias, y algunas máquinas grandes trabajan sobre tablas, planchas metálicas o cerámica. Zamarro añade materiales con relieve, superficies transparentes, «incluso vidrieras», y cita una lona perforada de 425 m² impresa por inyección en la calle Pelayo de Barcelona.

El tóner pide otras cosas. Zamarro valora que trabaja «con diferentes tipos de papel», y una prensa de tóner reciente como la Pro C7200 admite de 52 a 360 g/m², papeles texturados, sintéticos y metalizados, y su sucesora —la Pro C7500— llega de 40 a 470 g/m².

Eugenio Vega, en unos apuntes de hace más de veinte años, advertía de dos problemas del tóner. En las masas grandes de color plano las cargas no se reparten bien y salen bandas, más en el papel grueso. Y en los pliegues el tóner se desprende y se agrieta, porque no tiene la flexibilidad de la tinta offset; él aconsejaba dejar en blanco o en colores claros las zonas que se iban a doblar, y doblar siempre en el sentido de la fibra del papel. Las máquinas han cambiado mucho desde entonces, pero el pliegue merece siempre una prueba.

Para las dos vale lo mismo: el papel cambia el color. Zamarro insiste en las pruebas de color en el soporte definitivo. Para elegir ese papel tienes «Qué papel necesita cada técnica de impresión».

Por qué el color de la pantalla no es el del papel, en «Del RGB al CMYK».

Cuántos ejemplares

La pregunta de siempre es cuándo deja de compensar lo digital y empieza a compensar el offset. No hay una cifra única.

Dos imprentas españolas lo ponen así. Naturprint, en Leganés, sitúa el cruce en unos 300 o 400 ejemplares para un libro de 100 páginas A4, y entre 500 y 1.000 para uno de 200 páginas en 15 × 21. Impremta Torrell, en Reus, aconseja el digital entre 20 y 500 ejemplares. Son dos imprentas que trabajan con offset y con digital, y hablan de sus máquinas: tómalo como pauta, no como regla.

Y esa frontera se ha movido. German Sacristan —analista de Keypoint Intelligence— calcula que en 2010 el cruce de las grandes prensas digitales en color estaba en unas 2.000 impresiones A4, y que hoy ronda las 10.000. Según el offset con el que se compare, va de unas 4.000 a más de 12.000. Ojo con la unidad: son impresiones A4, no ejemplares. Diez mil A4 son cien ejemplares de un cuaderno de cien páginas. La inyección de producción, además, ya trabaja a velocidad industrial: una Fujifilm Jet Press 750S imprime 3.600 pliegos B2 por hora.

Vega ya veía el digital como complemento de los sistemas de siempre, no como su sustituto. Todavía conviven.

La máquina barata, la tinta cara

Hay una razón económica que conviene tener presente. Zamarro lo dice sin rodeos: los precios de las impresoras de inyección son «tremendamente competitivos» —a veces por debajo de su coste— porque el negocio está en las cargas de tinta. Algunas marcas llegaron a impedir que la impresora funcionara sin un chip que solo llevan los cartuchos originales (Zamarro, pp. 119-121).

Para el taller, eso tiene una consecuencia: el precio de un ejemplar no lo decide la máquina, sino la tinta y el papel. Haz la cuenta con lo que gastas de verdad en una tirada de prueba.

Cuándo conviene cada una

Desde el taller, y con lo que hemos contado, lo vemos así:

  • Una estampa digital de autor, en papel de algodón, que tiene que durar: inyección, con tinta de pigmento. En el taller tenemos una Epson SureColor P6000.
  • Muchas copias, deprisa y baratas, como un fanzine o un cuadernillo: tóner. Zamarro lo resume en «muchas copias a alta velocidad y calidad». Mon Magán repasa estos métodos en «Cómo dar vida a tu fanzine».
  • Un soporte raro, grande o rígido: inyección.
  • El tóner como material: la hoja de láser admite las mismas manipulaciones que la fotocopia, y al grabador le sirve como reserva o como fuente de imagen. Eso lo dejamos para otra entrada, con la seguridad de los disolventes bien atada.

Para llevar al taller

  • Pregunta qué hay dentro de la máquina: tóner o inyección. Y si es inyección, pigmento o colorante.
  • Haz la prueba en el papel de la edición, no en el de prueba.
  • Si vas a humedecer la hoja, comprueba antes que la tinta no se disuelve.
  • Si la hoja se dobla, dóblala en el sentido de la fibra, y antes imprime una zona oscura sobre el pliegue y pruébalo.
  • A la imprenta, pídele su cifra de tirada para tu trabajo, no una general.

Para reflexionar

  • Piensa en la última hoja que imprimiste para tu obra. ¿Sabías si era tóner o inyección cuando elegiste el papel?
  • Si mañana tuvieras que hacer cincuenta ejemplares de una estampa digital, ¿qué te importaría más: lo que dura cada hoja o lo que cuesta?

Fuentes principales: Eduardo Zamarro, La tecnología de inyección de tinta como herramienta para la práctica artística, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2007, cap. III, «Impresión digital»; Eugenio Vega, «Tecnología digital. 2. Procedimientos fotomecánicos», apuntes; Beth Grabowski y Bill Fick, El grabado y la impresión, Blume, 2009, cap. 2; González Vázquez, sobre la transferencia de tóner, p. 84; Image Permanence Institute, A Consumer Guide to Traditional and Digital Print Stability, 2004.

Datos de máquinas y tiradas: HP (tecnología LEP de HP Indigo), Ricoh (fichas de la Pro C7200 y la Pro C7500), Fujifilm (Jet Press 750S), German Sacristan, Keypoint Intelligence, en Ricoh USA, «The cost crossover point between offset and digital», Naturprint (2026), Impremta Torrell y Wikipedia, «Inkjet printing». Consultados en octubre y noviembre de 2026.