Dos palabras de este curso se parecen tanto que casi todo el mundo las mezcla alguna vez. Y nombran trabajos que se hacen en sitios distintos, con herramientas distintas y, muchas veces, en semanas distintas.
Aguzar es afilar. Nombra el trabajo sobre la propia percepción: afinar la sensibilidad, abrir la disposición, ampliar la autonomía modal. Es trabajo sobre quien mira.
Aguisar es disponer, aparejar. Es un verbo castellano hoy casi perdido, que en el Cantar de mio Cid y en los textos medievales sirve para la mesa, el camino o la hueste, y que la estética modal recuperó de ahí. Nombra el trabajo sobre las condiciones.
Aguisar tiene una definición exacta, y no es «organizar»
Aquí conviene no quedarse en la paráfrasis, porque la casa tiene una definición precisa: aguisar es el trabajo que hace efectivo lo que era posible.
Léela despacio, porque las dos mitades hacen falta. Lo posible no lo fija el deseo: lo fijan el repertorio que se tiene y el paisaje que se habita. Y lo efectivo es lo que de hecho acaba ocurriendo. Entre una cosa y otra hay un trabajo, y ese trabajo tiene nombre.
De ahí se sigue lo que distingue aguisar de mandar y de dejar hacer: no es fabricar ni mandar, es disponer las condiciones. Quien aguisa no produce el resultado. Prepara el terreno y acepta que el resultado no está del todo en sus manos, lo cual no es modestia: es la descripción de lo que puede hacer.
Por eso no es intendencia. Quien pone la mesa decide parte de lo que se va a hablar en ella y no decide la conversación. Un taller donde el espacio de prueba hay que montarlo y desmontarlo cada vez ha decidido, sin decirlo, que se probará poco: ha estrechado lo posible, y por tanto lo efectivo, sin tocar ni una decisión de contenido.
Ninguno sirve solo
Y aquí está lo único que hay que llevarse de esta cápsula. Las dos se necesitan y no son lo mismo, así que fallan de dos formas que se reconocen a simple vista.
Un taller que solo aguza sin aguisar pide a sus gentes que estén despiertas en un sitio que las adormece. Cursos, lecturas, conversaciones sobre la mirada, y la misma semana sin un hueco donde mirar nada. El esfuerzo recae entero en las personas, y cuando no llega se le llama falta de interés.
Un taller que solo aguisa sin aguzar prepara condiciones inmejorables para cuerpos que han dejado de mirar. El sitio está listo, el tiempo reservado, los materiales a mano, y lo que sale de ahí es lo de siempre, porque nadie ha trabajado sobre lo que nota.
Son los dos errores simétricos, y el segundo da más pena porque cuesta más dinero.
Lo que cada uno pide
Aguzar se hace con atención y con tiempo propio: mirar más despacio, volver sobre lo hecho, dejarse afectar por materiales o por trabajos ajenos. No se delega.
Aguisar se hace con decisiones que se escriben: qué día no se produce, qué espacio no se desmonta, qué parte del presupuesto no depende de que algo se venda. Se delega mal y se decide en grupo, porque las condiciones son de todos.
Lo que une a los dos es lo que persiguen: que lo que alguien nota llegue a hacerse, y que lo que se hace pueda contarse a otro. Un oficio es eso, y se sostiene por los dos lados.
Dónde sigue esto
Esta cápsula solo distingue los dos verbos. El segundo tiene desarrollo propio en el repositorio y no hace falta repetirlo aquí: la cápsula Aguisar lo que no se deja dirigir trata la forma de intervenir que no es mando ni abandono, y Desaguisar con la mejor intención trata lo contrario, cómo se estropea un taller queriendo arreglarlo. Las dos suponen esta distinción y ninguna la explica.
Siguiente lectura: el Eje 7. Gramática del aguisamiento, que es este segundo verbo convertido en todo un eje.
