¿Qué ocurre cuando alcanzamos la cumbre y solo divisamos el límite inalcanzable del cielo? En esta obra está en juego la imposibilidad de la lectura y el peso mudo de la frontera.
A partir de El silencio habla, / el silencio dialoga, / a veces, / el silencio convence, de Antonio Gómez, plegué el papel en un formato tríptico. Por el anverso, imprimí en serigrafía con negro la masa rocosa de una montaña de México que forma parte de mi memoria, surcada de sedimentos y huellas de otras culturas e imprimí de rojo el bloque central. Por el reverso, amplié la trama de un cielo hasta descomponerlo en un semitono radical y oculté el poema bajo un falso código Braille desprovisto de relieve.
Elegí la serigrafía y el juego de tramas porque permiten despojar al paisaje de su condición fotográfica y naturalista para convertirlo en una superficie de signos, estratos y fragmentos. La imagen deja de describir un lugar y comienza a comportarse como un territorio que debemos intentar descifrar.
La materia sostiene esa tensión: el papel enfrenta el vacío blanco, el rojo y la negrura mineral; la tinta plana convive con la trama del semitono; el pliegue altera las relaciones entre las imágenes mientras que, el cielo, llevado hasta una escala en la que casi pierde su profundidad, deja de ser horizonte y se convierte en frontera.
Frente a una censura explícita, desplazo el silencio hacia una doble exclusión. Quien no ve no puede leer el poema porque el Braille carece de relieve; quien ve tampoco puede hacerlo si desconoce su código. El poema está presente, pero su lectura permanece suspendida.
Al plegarse, montaña y cielo se encuentran. La cumbre solo nos conduce allá donde hay niebla, vacío, límite. La obra queda abierta en ese lugar donde el silencio hace frontera y mirar más lejos ya no significa ver más.
