La parodia como modelo de aprendizaje
La presentación del Museo de Jaén cerraba con una imagen. No con una conclusión, no con una síntesis, sino con una imagen que funciona como invitación:
Que el canto del otro modifique el nuestro, pero que el nuestro quede también modificado.
Es la definición etimológica de la parodia: del griego pará (junto a, contra, al margen) + oidé (canto, oda). No la parodia en el sentido coloquial de imitación burlesca, sino en su sentido original: un canto que se modifica por estar junto a otro canto.
Aprender cantando junto a otros
El modelo de aprendizaje que subyace a toda esta serie es este. No el modelo en el que un maestro transmite un saber a un aprendiz que lo recibe pasivamente. No el modelo en el que cada artista desarrolla su práctica en aislamiento. Sino el modelo en el que el encuentro entre prácticas diferentes —con sus repertorios distintos, sus disposiciones distintas, sus paisajes distintos— produce algo que ninguna de las dos podría haber producido sola.
Pero la parodia tiene una condición que la hace exigente: las dos voces tienen que permanecer. Si una absorbe a la otra, ya no hay canto junto a otro canto: hay solo un canto más alto. La modificación tiene que ser mutua. El novato que llega al taller con la pregunta ¿por qué se hace así? modifica al experto, sí. Pero el experto también modifica al novato: no para callar su pregunta, sino para darle profundidad, para anclare en una historia, para mostrarle que la tradición que cuestiona tiene una razón de ser que merece conocer antes de descartarla.
La autoformación como consecuencia
El modelo paródico tiene una consecuencia pedagógica directa: no hay un camino rígido que seguir. Cada persona construye su propia ruta de aprendizaje a partir de los encuentros que tiene. El repertorio se construye en la interacción, no se recibe de una sola fuente.
Esto es lo que el cMOOC llama autoformación: no la autoformación del individuo aislado que aprende solo, sino la de quien toma decisiones activas sobre qué encuentros busca, qué voces deja que modifiquen la suya, qué recibe y qué defiende.
La autoformación paródica exige, paradójicamente, más disciplina que el aprendizaje por transmisión. Porque no hay nadie que te diga qué tienes que aprender. Hay que desarrollar el criterio para saberlo tú.
La parodia no es imitación burlesca. Es el modelo de un aprendizaje donde las dos voces —la que enseña y la que aprende— quedan modificadas por el encuentro.
Una ética del encuentro
La parodia como modelo de aprendizaje implica también una ética: la de tomar en serio al otro. No para validarlo incondicionalmente, sino para dejarse afectar realmente por lo que trae. Eso es más difícil de lo que parece. Requiere la disposición de quien no llega al encuentro con las conclusiones ya escritas, sino con genuina apertura a que el proceso cambie algo en él.
En la edición de arte colectiva —en los libros de artista, en las publicaciones colaborativas, en los talleres donde varias personas trabajan sobre el mismo objeto—, la parodia no es una metáfora. Es el proceso concreto mediante el cual una obra puede pertenecer a varias personas a la vez sin dejar de ser de cada una.
Para reflexionar: Piensa en algún encuentro con otra práctica artística que haya modificado genuinamente la tuya. ¿Qué cediste? ¿Qué defendiste? ¿Qué emergió del encuentro que ninguna de las dos voces habría producido sola?
