La letra que se ve

Mezclar familias y parangonar en el taller

En la pantalla, letras de familias distintas comparten línea sin esfuerzo. En el taller cada una trae su propia idea de dónde está el suelo. Una cápsula para aprender a mezclar familias con tipos móviles y a decidir qué voz lleva cada letra.

Escribe una palabra en la pantalla y pon cada letra en una familia distinta, una romana, un palo seco y una egipcia. En un segundo la tienes, y todas las letras se sientan obedientes sobre la misma línea. Ahora busca esas tres letras en las cajas del taller, júntalas en el componedor y saca una prueba. Una se hunde en el papel, otra apenas lo toca, y la palabra baila. Ninguna se ha movido de sitio. Cada una viene de una fundición distinta y trae su propia idea de dónde está el suelo.

Esa diferencia, que la pantalla esconde, es el tema de esta cápsula. Mezclar familias en una palabra parece un capricho de diseño. En el taller es una operación de oficio, y aprenderla enseña a decidir qué voz lleva cada letra.

Leer y ver

Toda letra hace dos trabajos a la vez. Uno es dejarse leer, llevar el significado de la palabra hasta quien la mira sin hacerse notar. El otro es dejarse ver, tener una forma que dice algo por su cuenta, antes incluso de que la palabra se entienda. La profesora y diseñadora Chus Martínez lo resume en su manual de recursos tipográficos con dos columnas. En una, la letra para leer, donde importa el contenido y manda la legibilidad. En la otra, la letra para ver, donde importa la forma y manda la visibilidad.

Entre las dos hay todos los grados. Ella propone tres, orientativos. En la fusión baja, la lectura manda aunque la forma llame la atención. En la media, las dos funciones empatan y cuesta decir cuál pesa más. En la alta, la forma casi se impone a la palabra, que todavía se lee, pero con esfuerzo.

Mezclar familias dentro de una palabra es una de las maneras más directas de moverse por esa escala. Una sola letra de otra familia ya hace que la palabra se vea. Varias, cada una con su carácter, la convierten en un pequeño coro. La pregunta que acompaña a todo el ejercicio es sencilla y nunca se da por resuelta. ¿Esta palabra está para leerse o para verse, y cuánto de cada cosa?

Una vieja costumbre del taller

Mezclar familias no lo inventaron las vanguardias. En el siglo XIX, los carteles de teatro, de subastas o de ferias juntaban en una misma hoja letras de madera de todas las formas y tamaños. Lo hacían por dos razones muy prácticas. El cartel tenía que ordenar la información a distancia, con el nombre grande y los datos pequeños, y la imprenta componía con lo que tenía en sus cajas, con letras de madera más ligeras y baratas que el plomo en los cuerpos grandes. Pero el libro y el impreso cuidado siguieron la norma contraria, que los manuales de taller repetían todavía en 1950: una sola familia por impreso, y la mezcla solo en los trabajos de fantasía.

A principios del siglo XX esa costumbre de taller se convirtió en programa. En 1913 Marinetti pidió que una misma página pudiera usar tres o cuatro colores de tinta y, si hacía falta, hasta veinte tipos distintos, para redoblar la fuerza de las palabras, con la cursiva para las sensaciones rápidas y la negrita para los ruidos violentos. Dadá la usó para romper el sentido. Iliazd, en 1923, llegó al interior de la palabra, con cientos de tipos distintos en un solo libro.

La artista e historiadora Johanna Drucker puso nombre al recurso, paragonnage, la combinación de muchos cuerpos de tipo en la misma línea o incluso en la misma palabra, y lo practicó ella misma en un libro de artista impreso con tipos en 1989. La mezcla es, por tanto, una tradición del oficio, no una ocurrencia.

Parangonar

En la pantalla, la línea de base es una regla invisible que el programa respeta solo. En el taller hay que construirla. El oficio tiene un verbo para eso, parangonar, que el diccionario define como justificar en una línea letras de cuerpos desiguales. Con un mismo cuerpo, las fundiciones del siglo XX acordaron una línea normal y sus letras se apoyan a la misma altura. Pero un taller guarda tipos de todas las épocas y procedencias, y los antiguos, los extranjeros o los de madera no siempre la siguen. Quien mezcla familias mira cada letra de perfil.

El gesto se aprende en el componedor. El cuerpo mayor marca la altura de la línea. Las letras menores se calzan por debajo y por encima con regletas y cuadrados hasta que todas se apoyan en la misma base y forman un bloque sólido. Si falta un calce, la línea queda suelta, y en la prueba cada letra sale cargada de un lado y débil del otro.

Después viene la altura de tipo, que tampoco es igual en todas partes. La normal europea ronda los 23,56 milímetros, la de los viejos manuales españoles los 23,69 y la angloamericana los 23,32. Un cuarto de milímetro basta para que una letra se hunda y otra no imprima. La madera, además, pide más tinta y más presión que el plomo.

Así, cada decisión depende de la anterior. La letra depende de su cuerpo, el cuerpo de su fundición, y todo de la prueba en la prensa.

Que cada familia sea una voz

Con el parangonado resuelto, empieza la parte que no enseña ningún manual. Para que la palabra siga leyéndose, conviene que las familias contrasten de verdad. Una romana junto a un palo seco se ven como dos voces. Dos romanas parecidas se ven como un error de caja. Ellen Lupton aconseja además igualar la altura de la minúscula cuando dos letras comparten línea, porque el mismo cuerpo no da el mismo tamaño aparente. Se puede decidir no igualarla, siempre que se note que es a propósito.

La mezcla funciona cuando cada familia tiene un papel. El impresor Emilio Sdun, en su libro Mélancolie/Melancholie, compuso la voz fuerte en Futura negrita, la voz débil en Futura fina y los fragmentos narrativos en Futura seminegra. El impresor británico Alan Kitching guarda sus tipos por letra y cuerpo, no por familia, y llama a esos cajones su paleta. Elegir una letra de cada cajón es elegir con qué voz dice cada sonido la palabra.

El juicio se educa en común, con un método que también aprendí de Chus Martínez. Las propuestas se cuelgan en la pared sin nombres, y el grupo tapa, recorta o marca hasta ver dónde se rompe la lectura. Ese punto no está escrito en ningún sitio, y cada taller tiene que encontrarlo en sus propias pruebas.

Para indagar en tu taller

¿Qué familias de tus cajas no se pueden juntar en una misma línea, y por qué? Abre las cajas y saca una letra de cada familia en un mismo cuerpo. Ponlas juntas en el componedor y míralas de perfil. Puede que no se apoyen a la misma altura, que una sea de otra fundición o que la madera esté gastada. Anota qué tendrías que calzar para que compartieran la línea, y si merece la pena.

Si cada familia de tu taller fuera una voz, ¿cuál hablaría bajo y cuál gritaría? Elige una palabra de un texto que te importe. Compón en la pantalla tres versiones, una con dos familias que apenas se distingan, otra con dos que choquen y otra con una letra de cada caja. Imprímelas y pregúntate en cuál la palabra dice algo que no decía sola.

¿Dónde se rompe la lectura en tu grupo? Cuelga las pruebas sin nombres y pide a quien pase que lea la palabra en voz alta. El punto donde alguien duda es el límite de tu taller entre leer y ver. No será el mismo que el de otro taller.

Para llevarlo al aula

Duración. La versión completa ocupa entre siete y ocho bloques de 60 a 90 minutos, repartidos en un trimestre, que pueden ir dentro de otras clases. La versión corta cabe en dos sesiones, una con la palabra en la pantalla y otra con la misma palabra en plomo.

La secuencia completa.

  1. Leer y ver. Cada persona trae cinco impresos, uno hecho con tipos, y los coloca entre la letra para leer y la letra para ver. Busca en cada uno dónde se mezclan familias.
  2. Una palabra, muchas familias. Cuatro propuestas en la pantalla con la misma palabra para todo el grupo, solo con las familias que haya en el taller. Dos familias opuestas, familias y cuerpos, una letra de cada caja, y familias con caja y espacio.
  3. La palabra en plomo. Se componen y se parangonan las dos mejores, y se anota lo que se quería, lo que se pudo y por qué.
  4. Presión, tinta y papel. La misma palabra, con familias y cuerpos distintos, estampada con tres presiones y dos cargas de tinta.
  5. Contraforma y blanco. Una palabra en mayúsculas donde el blanco pesa tanto como la letra, también el de los calces.
  6. Un texto breve en tres grados de fusión, con el plan de parangonado.
  7. Un colofón o una portadilla de verdad, compuesto en plomo por el grupo.

Materiales. Impresos variados, ordenador, un taller de tipos con al menos tres familias en un mismo cuerpo, componedores, regletas y cuadrados, papel de pruebas y una muestra del papel definitivo.

Espacio. Aula y taller de tipos. Sin taller, se hacen los pasos 1, 2 y 6.

Nivel. De bachillerato artístico y ciclos a grado, y talleres de adultos.

Cómo adaptarlo. Sin plomo, con sellos o con letras recortadas de impresos y pegadas sobre una regla. Se pierde el parangonado real, pero se conserva la idea de la línea de base. Con tipos de madera, se añade medir la altura de cada pieza. Con más tiempo, el paso 7 puede ser un pliego entero.

La hoja de parangonado, para imprimir.

  1. Mide la altura de cada pieza antes de componer.
  2. El cuerpo mayor marca la altura de la línea.
  3. Compón letra a letra, del revés.
  4. Calza las letras menores por debajo y por encima con regletas y cuadrados, hasta una sola línea de base y un bloque sólido. Aunque el cuerpo sea el mismo, si la familia cambia, comprueba de perfil.
  5. Justifica primero cada grupo y después la línea entera.
  6. Comprueba antes de imprimir. Si en la prueba una letra sale cargada de un lado y débil del otro, la línea está suelta. Si no imprime, ponle un alza.

Lo que una forma no admite es montar una letra sobre otra, el interlineado negativo o juntar las letras más de lo que deja su cuerpo. Para superponer, dos pasadas.

Seguridad del taller

El plomo pide guantes de nitrilo para componer, no comer ni beber en el taller y lavarse las manos al salir. En la prensa, las manos fuera de la platina y una sola persona cada vez. Tintas al agua y limpieza sin disolventes. Si se cae un tipo, se recoge y se aparta para distribuirlo, sin devolverlo a la caja sin mirar.

Si la llevas a tu aula o a tu taller, cuéntalo en el grupo de la comunidad: qué palabra usaste, qué familias mezclaste, dónde se rompió la lectura y qué no se pudo parangonar. Si mandas fotos, que sean de las pruebas, y de personas solo con su permiso.

Esta cápsula de indagación pertenece al Eje 6. El Oficio: materia, herramienta y cuerpo, y es una cápsula de aula: nace de mi docencia en una escuela de arte y está pensada para llevarse a otra. La idea de las dos funciones de la letra y el método de corrección en común son de Chus Martínez, en su Manual de recursos tipográficos (trabajo final de máster, Universitat Politècnica de València, 2013). Siguiente lectura: «La mano sobre la mano».


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