De la tina a la posta blanca

formación, puesta, prensa y levado

Hay un instante en la fabricación del papel que no admite corrección posterior. No es el batido, que puede prolongarse. No es la cocción, que puede repetirse. No es el prensado, que puede ajustarse. Es el segundo en que la forma sale del agua y la pasta empieza a drenar.

Y hay un error de percepción que empieza justo ahí, en creer que con eso ya está hecho el papel. La hoja que acaba de formarse tiene más del 80% de agua, ninguna cohesión propia y una fragilidad que hace imposible manipularla sin soporte. Lo que viene después no es un trámite. Es donde las fibras establecen los enlaces de hidrógeno que dan al papel su resistencia.

Son dos mitades de un solo recorrido. En la primera se decide qué va a ser la hoja. En la segunda se decide si llega a existir.

Primera parte · La formación

En ese segundo, la hoja se forma. La distribución de la fibra, la orientación preferente, el gramaje local, la uniformidad de la superficie: todo queda fijado mientras el agua escurre. Lo que ocurre en la tina antes de ese momento lo puedes planificar. Lo que ocurre en ese gesto solo lo puedes aprender haciéndolo.

Pero aprender a hacerlo bien es más rápido si entiendes la mecánica de cada fase.

El ángulo de entrada

La forma entra en la tina en ángulo, no en horizontal. El ángulo de entrada —entre 30 y 45 grados respecto a la superficie del agua— determina cómo se distribuye la pasta sobre la malla en el momento de la inmersión.

Una entrada demasiado vertical desplaza la pasta hacia un extremo de la forma: la fibra llega concentrada en una zona antes de poder redistribuirse. Una entrada demasiado horizontal atrapa aire bajo la malla y produce zonas sin fibra —ventanas— que no tienen solución una vez formada la hoja.

El ángulo correcto permite que la pasta entre en contacto progresivo con la malla, de un extremo al otro, sin turbulencia brusca ni atrapamiento de aire. No existe un ángulo único: varía con el tamaño de la forma, la consistencia de la pasta y la velocidad de entrada. Lo que sí es constante es el principio: progresivo, sin interrupción, sin pausa a mitad.

La inmersión y el cernido

Una vez la forma está completamente sumergida, comienza el momento más técnico del proceso: el cernido de la pasta sobre la malla antes de iniciar el drenaje.

En la tradición occidental, el cernido se realiza con la forma horizontal bajo la superficie del agua, moviéndola en dos direcciones perpendiculares: adelante-atrás y lado a lado. El objetivo es redistribuir la fibra de forma homogénea sobre toda la superficie de la malla y, al mismo tiempo, favorecer el entrelazado entre fibras en distintas direcciones. Una hoja sin cernido tiene fibras orientadas preferentemente en la dirección del formado: es más resistente en esa dirección y más frágil en la perpendicular. Un cernido bien ejecutado produce una hoja isótropa —con resistencia equivalente en todas las direcciones— que se comporta de forma más predecible bajo presión.

La duración e intensidad del cernido varían con la fibra. El algodón acepta un cernido enérgico. El kozo y otras fibras largas necesitan un movimiento más suave y prolongado para no romper las fibras o producir grumos. El abacá, por su tendencia a flocularse, requiere una agitación que mantenga las fibras en suspensión hasta el último momento antes del formado.

La señal de que el cernido es suficiente no es el tiempo: es el aspecto de la pasta sobre la malla. Si ves zonas más densas o más claras a través del agua, hay que seguir. Si la superficie parece uniforme, es el momento del formado.

La salida: drenaje controlado

La forma sale del agua en horizontal, manteniendo los cuatro bordes a la misma altura. Cualquier inclinación en este momento desplaza la pasta hacia el borde más bajo: el gramaje se distribuye de forma irregular y la hoja resultante tiene una zona más gruesa y otra más fina que no se pueden corregir en prensado.

Mientras la forma está sobre la tina drenando, continúa ocurriendo algo importante: las fibras todavía se están redistribuyendo sobre la malla. El agua que escurre arrastra consigo las fibras más cortas y los finos —fragmentos microscópicos de fibra— hacia los bordes y hacia el lado por donde fluye el agua preferentemente. Si la forma se inclina para acelerar el drenaje, se concentran los finos en un borde.

El tiempo de drenaje sobre la tina debe ser suficiente para que el agua libre escurra, pero no tan largo que la hoja empiece a ganar cohesión sobre la malla, lo que dificultaría la puesta. En algodón estándar, entre 10 y 20 segundos. En kozo, más tiempo: la estructura abierta drena más lentamente.

La lectura de la hoja formada

Antes de hacer la puesta, vale la pena observar la hoja sobre la malla a contraluz. Un segundo de lectura puede evitar desperdiciar un fieltro.

Una hoja bien formada tiene una translucidez uniforme cuando se levanta hacia la luz. Las zonas más densas aparecen más oscuras; las más finas, más claras. Una distribución perfectamente homogénea es difícil de conseguir incluso con mucha práctica: lo que buscas es que no haya diferencias bruscas ni zonas claramente deficitarias.

Si ves una zona muy fina o una ventana (zona sin fibra), la hoja puede devolverse a la tina: se disuelve de nuevo en la pasta sin pérdida de material. Si el formado tiene una distribución aceptable pero imperfecta, es tu criterio quien decide si vale para el uso que tienes en mente. La hoja no se corrige. Se deshace y se repite.

La forma no recoge pasta: selecciona, redistribuye y fija. El gesto lo decide todo, y ocurre en menos de treinta segundos.

Segunda parte · La puesta

Por qué funciona y por qué falla

La transferencia de la hoja desde la malla al fieltro no se produce por presión ni por adhesivo. Se produce porque la tensión superficial entre la pasta húmeda y el fieltro saturado es mayor que la que existe entre la pasta y la malla. El fieltro «chupa» la hoja: ofrece más superficie de contacto continuo que la malla metálica o sintética, que tiene intersticios. Si se entiende este principio, el resto de la técnica se vuelve legible.

El gesto de volcado replica el movimiento de cerrar una puerta: se inicia el contacto por un borde y se baja la forma de forma progresiva, como si se «rodara» la hoja sobre el fieltro. Este movimiento expulsa el aire hacia atrás y garantiza el contacto progresivo fibra-fieltro sin burbujas. Un movimiento brusco o con pausa a mitad produce el alacrán —el pliegue en el borde que dobla la pasta sobre sí misma y hace irrecuperable esa hoja.

La velocidad óptima es firme pero continua: ni tan lenta que la hoja empiece a despegarse de la malla durante el giro, ni tan rápida que la inercia separe la pasta del fieltro antes de que actúe la tensión superficial.

La humedad del fieltro es la variable más crítica y la más ignorada. Justo antes del volcado, el fieltro debe estar uniformemente saturado, sin zonas secas ni charcos localizados. Apretarlo con la palma no debe producir goteo. Un fieltro demasiado húmedo crea un colchón de agua que impide el contacto fibra-fieltro; un fieltro demasiado seco genera adhesión excesiva que rompe la hoja al retirar la forma. Las esquinas del fieltro se secan antes que el centro: son el punto más frecuente de alacrán y el más fácil de prevenir con un spray uniforme antes de cada puesta.

El fieltro húmedo no recibe la hoja: la atrae. La diferencia entre recibir y atraer es la diferencia entre una hoja rota y una hoja transferida.

La otra manera de resolverlo

La tradición oriental resuelve la puesta de otra manera: la malla (su) es extraíble del marco articulado (keta). La malla con la hoja formada se deposita directamente sobre la hoja anterior, papel contra papel, sin fieltro intermedio. El resultado es una posta que se seca bajo su propio peso, sin la textura del fieltro, con ambas caras igualmente lisas. El fieltro no existe en el sistema japonés: su función la cumple la hoja precedente.

La posta, que es una construcción y no un montón

Cada hoja puesta se cubre con otro fieltro, y encima va la siguiente. Esa pila alternada de hojas y lana se llama posta, y es la unidad con la que se prensa. En el molino tradicional una posta eran 261 hojas.

Si las hojas no van alineadas, la presión no las alcanza por igual y las de los bordes reciben menos. Si un fieltro queda arrugado, la arruga se imprime en la hoja y ya no sale. Y la propia pila empieza a prensar sola por su peso mientras se levanta, de modo que las hojas de abajo llevan más tiempo bajo carga que las de arriba. En un taller pequeño la posta es mucho menor, pero el principio no cambia.

Tercera parte · La prensa

El principio del impulso

El prensado cumple dos funciones simultáneas que no pueden separarse: extrae el agua sobrante y consolida la hoja. La segunda función es la que más se subestima. A medida que el agua sale del papel y fluye por los fieltros, las fibras entran en contacto más íntimo entre sí y comienzan a formarse los puentes de hidrógeno que son la base de la resistencia del papel seco. Un prensado insuficiente produce papel blando; un prensado brusco, papel destruido.

El mecanismo de la destrucción es hidráulico: en las primeras fases del prensado, el agua está libre en los intersticios y puede fluir libremente hacia los fieltros. Si se aplica presión bruscamente, la presión hidráulica supera la resistencia estructural de la red de fibras todavía sin cohesión, y el agua «explota» lateralmente llevándose fibras consigo. El resultado son zonas finas, roturas o desplazamientos de pasta que no tienen solución posterior.

El principio correcto es el del impulso de prensa: presión progresiva por tiempo de residencia. La presión máxima es necesaria, pero solo después de que la estructura fibrosa haya ganado suficiente cohesión para soportarla. La secuencia práctica: aplicar presión baja, observar el flujo de agua que sale, esperar a que disminuya, aumentar la presión, repetir. Solo cuando el flujo casi cesa puede aplicarse la presión máxima, que se mantiene durante al menos quince minutos.

La prensa no elimina agua. Desplaza agua para que las fibras puedan encontrarse. Ese encuentro es el papel.

Y aquí está el límite de lo que se podía deshacer. Hasta este momento una hoja mal formada o mal puesta todavía es pasta mojada y vuelve a la tina sin perder material. Al salir de la prensa las fibras se han unido entre sí y no vuelven a dispersarse en el agua. Antes de la prensa la hoja se deshace; después, solo se rompe.

La prensa hidráulica, la prensa de tornillo y sus equivalentes artesanales

No todas las prensas producen el mismo resultado, y la diferencia no es solo de comodidad sino de precisión técnica.

La prensa hidráulica es el estándar del taller artesanal serio. Su ventaja no está en la fuerza —una prensa de tornillo bien construida puede alcanzar presiones equivalentes— sino en el control y la uniformidad. El plato hidráulico baja de forma completamente vertical, distribuye la presión de manera homogénea en toda la superficie de la posta, y permite mantener la presión estable durante el tiempo de residencia sin intervención. Esto último es clave: la madera de una prensa de tornillo trabaja y cede, lo que significa que la presión decae a los pocos minutos de alcanzarse. La hidráulica mantiene la presión exactamente donde se dejó. Para fibras delicadas —kozo, abacá en batido prolongado— esta estabilidad marca la diferencia entre un papel bien prensado y uno con zonas irregulares.

La prensa de tornillo —el instrumento histórico de los molinos hispanos, equivalente artesanal de las prensas de vino o de manzana— produce presión real y controlable, pero con dos limitaciones técnicas concretas: la distribución desigual de la presión (mayor en el centro donde está el tornillo, menor en los bordes) y la imposibilidad de mantenerla estable. La solución histórica eran las múltiples apretadas sucesivas: hasta dieciocho prensadas en una jornada de trabajo mientras la posta cedía progresivamente. Esta cadencia no era ineficiencia sino técnica, la misma lógica del impulso de prensa ejecutada con los medios disponibles. En un taller contemporáneo sin prensa hidráulica, compensar la limitación del tornillo con más tiempo de residencia y varias apretadas sucesivas es el protocolo correcto.

Para talleres sin ninguno de estos sistemas, las alternativas producen resultados decrecientes: una posta bajo tableros y peso elimina humedad superficial pero no alcanza la consolidación fibrosa necesaria para papel de uso profesional; el rodillo permite retirar agua suficiente para manejar la hoja pero no sustituye la presión vertical. Son recursos de iniciación, no soluciones equivalentes.

Presiones recomendadas según la fibra

FibraTolerancia al prensadoRiesgo específicoProtocolo recomendado
Algodón (linters)AltaNinguno particularPresión progresiva estándar
Algodón (trapo)AltaNinguno particularPresión progresiva estándar
LinoAlta-mediaMayor encogimiento en secadoPrensado normal más secado bajo restricción
CáñamoMediaEfecto memoria si batido insuficientePrensado gradual, tiempo largo
AbacáMediaGelatinización puede colapsar con presión altaPrensado suave si batido prolongado
KozoBajaAplastamiento de fibras largas, pérdida de translucidezPresión mínima, tiempo máximo, 30% de humedad extraída

El kozo merece atención especial porque el error más frecuente es prensarlo con la misma presión que el algodón. Las fibras de hasta 10 mm se aplastan irreversiblemente bajo presión alta: la translucidez característica del washi desaparece, las fibras forman una capa opaca y la resistencia longitudinal se reduce porque la fibrilación superficial que favorece el enlace ya no está presente. El protocolo correcto es suave y prolongado: dejar escurrir la posta libremente durante toda la noche, y aplicar solo la presión suficiente para extraer el 30% de la humedad. El 70% restante se elimina durante el secado sobre tablero calefactado, donde las fibras largas pueden alinearse y contraerse sin ser aplastadas. Aquí la prensa hidráulica tiene ventaja adicional: permite aplicar y mantener una presión baja y estable con precisión imposible en una prensa de tornillo, donde la mínima presión real es difícil de calibrar.

Cuarta parte · El levado

La separación que no debe ser un acto

El levador trabaja siempre desde un mismo ángulo: levanta una esquina de la hoja comprobando que se desprende limpiamente, y la despega en un movimiento continuo sosteniendo el peso de la hoja con ambas manos. Tirar en perpendicular a la superficie rasga; pelar en paralelo, desde una esquina, respeta la dirección de las fibras.

El tiempo óptimo entre prensado y levado varía con la fibra. El algodón puede levarse inmediatamente después del prensado. El kozo requiere un tiempo de reposo mayor para que las fibras largas reorganicen su estructura tras la presión. Ninguna fórmula sustituye la lectura de la hoja: si al levantar la esquina la hoja cede sin resistencia pero sin romperse, el momento es correcto.

La posta blanca —las hojas ya separadas de sus fieltros, apiladas directamente papel contra papel— recibe una segunda prensada sin fieltros intercalados. Esta segunda presión equilibra las irregularidades de la primera (el centro recibe siempre más presión que los bordes en prensas de tornillo), afina la superficie eliminando la textura residual del fieltro, y completa la consolidación de las fibras. En la prensa hidráulica, esta segunda prensada puede hacerse con la misma presión que la primera; en la de tornillo, se aprieta progresivamente hasta notar resistencia firme y se deja actuar sin más intervención.

Diagnóstico: del síntoma a la fase de origen

Síntoma visibleCausa probableFase de origen
Papel pegado al fieltro (uniforme)Fieltro demasiado seco en el volcadoPuesta
Papel pegado al fieltro (en esquinas)Fieltro con sequedad localizadaPuesta
Alacrán en el bordeMovimiento de volcado con pausa o irregularPuesta
Rotura al levar sin patrón claroPrensado insuficiente, fibras sin cohesiónPrensado
Rotura al levar en líneas rectasPresión excesiva en fibras largas (kozo, cáñamo)Prensado
Marcas del fieltro muy pronunciadasFieltro de trama gruesa o presión aplicada demasiado rápidoPrensado
Variaciones de grosor no presentes antesDistribución desigual de presión o fieltros de distinto grosorPrensado
Zonas irregulares simétricas al centroDistribución típica de prensa de tornillo, compensar con posta blancaPrensado
Rotura por zonas delgadas al levarHoja con bolsas de pulpa desde la formaciónFormación (no se puede corregir en prensado)

El prensado no crea problemas: los revela o los amplifica. Si algo falla en esta fase, la causa casi siempre está antes.

Y esa última fila es la razón de que estas cuatro partes vayan juntas. Un diagnóstico que acaba señalando la tina no sirve de nada si la tina está en otra página.

Para reflexionar

¿Haces el cernido de forma consciente o simplemente sacas la forma y ya? Si lo haces, ¿sabes en qué dirección y durante cuánto tiempo?

¿Has mirado alguna vez tus hojas a contraluz antes de hacer la puesta? ¿Qué ves? ¿Hay zonas sistemáticamente más finas que otras?

¿Sabes en qué estado de humedad están tus fieltros cuando haces la puesta? ¿Los evalúas antes de cada volcado o das su humedad por supuesta?

¿Qué tipo de prensa tienes en tu taller? Si usas prensa de tornillo, ¿compensas su limitación con varias apretadas sucesivas o aplicas una sola presión y das el proceso por terminado? ¿Sabes cuánta presión estás aplicando realmente?

Cuando aplicas presión en la prensa, ¿observas el flujo de agua que sale para saber cuándo aumentar? Si no lo haces, ¿cómo sabes que la presión que aplicas es la correcta para la fibra con la que estás trabajando?

La próxima vez que una hoja se rompa al levarla, ¿puedes atribuir la rotura a la fase concreta donde se originó, prensado, puesta o formación, antes de buscar la solución?

Esta cápsula recoge el recorrido completo desde la tina hasta la posta blanca. Lo que viene después está en «El secado: métodos, superficies y tensión». La otra manera de formar, la japonesa, se desarrolla en «Dos tradiciones, una decisión: fibra, batido y formación». Los oficios y las piezas del molino que aquí se nombran, el laurente y el ponedor, el fieltro, la posta, el alacrán y el levado, están definidos en el Glosario de materiales y procedimientos del repositorio de Bajo Presión.